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Un museo desde la sala de proyección

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Villarejo de Salvanés está a unos 60 kilómetros de Madrid. Es un pueblo tranquilo, con casas de dos y tres pisos, una calle principal –la Mayor– que es también la carretera general antigua y parte al pueblo en dos. Aquí habitan unos 7.000 salvaneses actualmente, gente amable, moderna y voluntariosa que camina por aceras estrechas y cruza las calles por donde les parece bien. Como casi todos los pueblos de nuestras provincias, ahora llamadas comunidades, posee igualmente una iglesia con torre, una plaza principal y un ayuntamiento.

Y, hasta hace unos años (para ser exactos hasta el 4 de diciembre de 2004), también disponía de una sala cinematográfica, el Cine París, situado en el número 49 de la Calle Mayor, inaugurado el 31 de agosto de 1966 con “4 tíos de Texas” y cuyo propietario era Andrés Jiménez París. Antes que el París existieron otras dos salas: el Cine Victoria (de 448 asientos), ubicado en la calle Samuel Baltés, propiedad de Pedro Garnacho Ayuso, inaugurado el 1 de septiembre de 1948 con “La pródiga”; y el Cine Benavente, de 230 butacas, abierto en los años 20 como Teatro y reconvertido en cine a partir de los años cuarenta. Estaba regentado por familiares del premio Nobel de literatura español, a cuyo apellido respondía el nombre del cine, pues su madre había nacido en esta localidad madrileña.

Villarejo de Salvanés es un ejemplo de la afición que, hace casi medio siglo, había en nuestro país por las películas. La última de las salas la abrió Andrés Jiménez París durante las fiestas del pueblo de 1966, tan precipitadamente que los mil espectadores que asistieron a la proyección de “La pródiga” tuvieron que ver la película bajo un techo estrellado y lunero. De este cine de verano inicial, gracias al éxito de la película de Rafael Gil –fueron a verla el primer día 1.000 personas, muchas de ellas con las sillas acuestas, dejando una taquilla de 12.000 pesetas–, se pasó al recinto techado que han conocido los lugareños hasta su cierre, el 4 de diciembre de 2006. Ese día, 15 personas asistieron a la proyección de “Mar adentro”. La sombría película de Alejandro Amenábar, enterraba 40 años de emociones en imágenes movidas.

Pero aunque Villarejo de Salvanés se ha quedado sin películas, el Cine París se mantiene firme y solemne en el mismo lugar que se levantó, ahora como Museo de Cámaras de Proyección, el único del género existente en España (en realidad, nuestro país, tristemente, tiene abierto al público pocos museos dedicados al Séptimo Arte; los más destacados son el de Salamanca, que acoge la colección del cineasta Basilio Martín Patino, y el de Girona, dedicado a la colección de precine de Tomás Mallol). Y la reconversión se ha debido, por supuesto, a aquel Andrés Jiménez París del que antes le hablábamos, pero sobre todo a Carlos Jiménez, su hijo, que ha luchado en los últimos años para que la sala sea este museo que recuerda más de cien años de la historia industrial del cine, desde aquellos primeros proyectores de los hermanos Lumière hasta las últimas cámaras de cinemascope y panavisión que estuvieron proyectando películas en algún cine español antes de que desapareciera.

Porque Carlos se ha dedicado en estos últimos cuarenta años a adquirir un buen número de las máquinas confinadas en las cabinas de proyección que dormían el sueño de los justos en los cines que iban cerrando. Exactamente 150 cines son los que han hecho posible este Museo, además de las cientos, tal vez miles de piezas, que ha ido recogiendo desde los 15 años en que empezó a sentirse como aquel Totó de “Cinema Paradise” que Giuseppe Tornatore rueda en 1988: un chaval a los pies de la cámara de proyección, manejada por su padre, que se enamora del cine hasta el punto de impedir que la última sala de proyección de su pueblo, la que levantó su padre con tanto esfuerzo, acabe convertido en edificio de apartamentos.

El Museo del Cine de Villarejo de Salvanés lo ha diseñado como un triple espacio que conduzca a su visitante a la nostalgia, a la emoción y al conocimiento de la Historia del Cine a través de esos armatostes que convertían miles de metros de celuloide en imágenes moviéndose por la pantalla, pantalla que aún se conserva como telón de fondo para cientos de proyectores desperdigados por el espacio donde antes había aficionados sentados en las butacas para ver películas. De hecho, el Museo es el recorrido que hacían estos aficionados, según su poder adquisitivo: entrada por el vestíbulo, desde donde o bien se accedía al patio de butacas (la planta baja) o, subiendo las escaleras, al “gallinero”.

Todo este espacio, ahora, es un museo viviente, didáctico, apasionante para quienes mamaron el cine en las salas y lo sintieron como la comida de cada día; o para aquellos que han nacido en sus postrimerías, y nunca han visto una película de verdad en la pantalla grande, habituados exclusivamente a la de la televisión. Es un Museo para ser visitado con el acompañamiento de Carlos, apasionado por lo que nos cuenta hasta el punto de apasionar a quienes les acompañan. Un Museo también para mostrar a colegios y centros universitarios donde se imparta cinematografía. La lenta, pero real, desaparición de salas en nuestro país, hará cada vez más importante, más necesario, este lugar en el que Carlos se ha dejado parte de su vida.

Aunque eso a él no le importa, porque es lo que quería hacer. Claro, lo ha levantado con el esfuerzo y el dinero propio, sin la ayuda de instituciones públicas, como casi todo lo que se hace en este país. Ni la Comunidad madrileña, ni el Estado, ni el Ayuntamiento de Villarejo le han financiado su Museo. Bueno, tampoco le han dado la espalda; le han felicitado y le han arropado en su inauguración. Pero ahí queda todo. Si quiere seguir funcionando, debe ser a su costa. Carlos, además, sigue empeñado en que lo conozcan en todos los sitios. Y para ello, parte de esta gran colección de máquinas de la que dispone –todas no caben en el Cine Museo (las tiene guardadas en otros almacenes)– las ha fraguado en varias exposiciones itinerantes que dan una idea parcial de esa Historia tan completa que se muestra en Villarejo de Salvanés. Ese es el mérito de este hombre, uno de los últimos que quedan con el cine pegado a los talones.

 

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