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El rodaje de ¡Bienvenido Mr. Marshall” en Guadalix de la Sierra


El 23 de septiembre de 1952 –un martes soleado– comenzaba el rodaje de “Bienvenido Mr. Marshall” en Guadalix de la Sierra, una población situada a poco más de 60 kilómetros de Madrid en dirección norte. La localidad, empinada unos 853 metros sobre el nivel del mar –200 más que la capital–, en las estribaciones a la subida a Somosierra, contaba entonces con 1.447 habitantes (ahora tiene unos 6.000), un cine (el Guadalix, con un aforo de 200 asientos que proyectaba películas los jueves y domingos), una Iglesia del siglo XV (la de San Juan Bautista), un casino y un cuartelillo de la Guardia Civil (como casi todos los pueblos españoles de entonces). Y, por supuesto, con Casa Consistorial y un Río, el Guadalix, al que debe su nombre.

A Guadalix de la Sierra llegó ese 23 de septiembre Luis García Berlanga con 31 años casi recién cumplidos (había nacido el 12 de julio de 1921 en Valencia) para gritar por vez primera “¡Acción! ¡Se rueda!”; un grito que se repetiría 26 días más y con el que iba a materializarse la filmación de la película que mejor define el periodo franquista y la que, con gruesas gotas de humor y ácida ironía, transmite de la manera más realista y esperpéntica (paradoja que se equilibra a tono) la personalidad de los españoles de muchos españoles de aquellos años.

Berlanga llegaba con su título de director, conseguido durante 1950 en la primera Escuela de Cine que funcionaba en España (conocida con el nombre de Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, el IIEC) y con una película en su saco de dormir: “Esa pareja feliz”, rodada también en 1952, y dirigida al alimón con otro novato en la profesión –como él graduado en dirección por la IIEC–, Juan Antonio Bardem.

Inicialmente, iban a dirigirla también juntos. Pero las cosas cambiaron al mismo tiempo que iba transformándose el argumento de la película. Así que Bardem (si damos crédito a lo que Berlanga me dijo en una entrevista que le hice en agosto de 1988, a propósito de la película sexageneria, que publicaré próximamente) sería sí, uno de los responsables del argumento, junto con Miguel Mihura, mientras que del guión se responsabilizaban solo Mihura y Berlanga. Sin embargo, en la página 213 del Anuario del Cine Español –editado por el Sindicato Nacional del Espectáculo–, dedicado a reseñar las películas producidas en España durante 1950-1955, en la autoría del guión también coloca a Bardem.

El rodaje de “Bienvenido Mr. Marshall” comenzó un templado y soleado martes del recién inaugurado periodo otoñal (los termómetros marcaban 20 grados ese día en Guadalix de la Sierra), con la asistencia de algunos de los principales protagonistas y actores de reparto (el equipo técnico estaba allí desde un mes antes). Entre ellos, José Isbert, Manolo Morán, Lolita Sevilla, Alberto Romea, Elvira Quintillá, Félix Fernández, Joaquín Roa, Nicolás D. Perchicot, Luis Pérez de León, Fernando Aguirre, José María Rodríguez, José Franco, Rafael Alonso, Elisa Méndez, Matilde López Roldán, José Alburquerque, Ángel Álvarez y Manuel Alexandre. En total pasaron por el plató natural de Guadalix de la Sierra, a lo largo de esos 26 días que duró el rodaje –del 23 de septiembre al 18 de octubre–, 34 actores profesionales (unos más famosos que otros), a los que se sumaron el largo centenar de vecinos de la población, que hicieron de figurantes en la película.

No debemos olvidar el papel de Fernando Rey, cuya poética y timbrada voz (en off) nos va narrando la historia paso a paso, desde el principio hasta el final. Berlanga retoma así una moda que había impuesto el cine anglosajón de los años treinta del pasado siglo y que continuaría utilizándose en numerosas películas posteriores. Incluso hoy en día se sigue utilizando.

Pero volvamos a Guadalix de la Sierra. Como antes dije, allí trabajaba desde hacía semanas el equipo técnico, preparando los decorados, calibrando los planos y los travelling u organizando el “catering” (el bocadillo del mediodía y el “puchero” del almuerzo) con el que daban de comer a todos los participantes. Por el año 1952, el cine español estaba repleto de excelentes decoradores, diseñadores de vestuario, iluminadores (directores de fotografía), jefes de producción, y contaba con una legión de buenísimos artesanos, constructores de decoradores, carpinteros, electricistas, pintores, escayolistas, técnicos de sonido y en todas aquellas especialidades que se necesitan para convertir un pueblo inexistente en otro real.

Serán los mismos profesionales que, unos años más tarde, en esa misma década y a principios de la siguiente, engrosarán los equipos técnicos que permitirán rodar en España títulos como “Orgullo y pasión” (Stanley Kramer, 1957), “Salomón y la Reina de Saba” (King Vidor, 1959) y al cúmulo de superproducciones que dará vida en los estudios Chamartín, rebautizados como Samuel Bronston (y hoy Luis Buñuel), el magnate norteamericano del mismo nombre.

En “Bienvenido Mr. Marshall” la responsabilidad de la construcción del decorado recayó en el hábil y brillante escenógrafo Francisco Canet, valenciano como Berlanga, que había aprendido el oficio al lado de talentos de la escenografía como Tedy Villalba y Antonio Simont en  superproducciones españolas como “Cristina Guzmán” (1943) de Gonzalo Delgrás o “Domingo de carnaval” (1945) de Edgar Neville. “Cuentos de la Alhambra” (1950) de Florián Rey es una de sus primeros trabajos como responsable del decorado. Y en “Bienvenido Mr. Marshall” diseñó, entre otros edificios, la Iglesia que, en la película, se encuentra al flanco del Ayuntamiento (la verdadera está detrás de éste y fue tapada para que no se viera). Una iglesia de fachada gótica y torre de tres cuerpos, en el último de los cuales asoman las campanas por dos ventanales con ojiva sobre el que descansan dos nidos de cigüeñas y un campanil. Canet contó para esta película con tres colaboradores prácticamente debutantes: Francisco Rodríguez Asensio, Federico del Toro y Enrique Vidal.

Como es de suponer, Guadalix de la Sierra se alborotó de arriba abajo a causa de la invasión cinematográfica y por la incorporación al elenco de extras de casi todo el pueblo. Esta situación, por lo general, se daba en casi todos las poblaciones españolas que prestaban sus calles, plazas y jardines para hacer películas, y, en el caso de la de Berlanga, volverá a producirse en sus cuatro siguientes rodajes: “Novio a la vista” (1954), “Calabuch” (1956), “Los jueves, milagro” (1957) y “Plácido”, 1961 (filmadas respectivamente en Benicasim, Peñíscola, Alhama de Aragón y Manresa).

En el caso de “Bienvenido Mr. Marshall”, según me contaba Berlanga, a los habitantes de Guadalix de la Sierra se les dejó toda la libertad del mundo para que fueran de un lado a otro (como Juan por su casa, y de hecho era su casa), evitándoles  –y así evitándose ellos mismos – problemas. Aunque él no pudo evitar romperse el brazo izquierdo debido a un golpe desafortunado (lo vemos con cabestrillo en una de las fotos que ilustran este trabajo). Para la fecha en que se inicia el rodaje, la población madrileña era un inmenso decorado, y a sus puertas esperaban los lugareños a que se les llamase para las escenas multitudinarias... y para comer.

Con la presencia de Francisco Canet y de Manuel Berenguer (el director de fotografía), Berlanga trazaba los planos y charlaba constantemente con los actores que iban a protagonizar las siguientes escenas. En esos años no había mucho negativo para rodar. Eran tiempos muy difíciles para importar película negativa y positiva, debido al castigo impuesto por las potencias aliadas a nuestro país por apoyar a Alemania e Italia durante la pasada guerra, lo que en el terreno cinematográfico supuso entrar en la lista negra de los países que no podían adquirir dicho material ni en el mercado de Estados Unidos, ni en el Reino Unido, ni en el resto de países aliados (solo Portugal, Argentina y alguno más nos vendían saltándose el embargo).

Así que se ensayaban las escenas las veces que fueran necesarias antes de filmar las dos o tres tomas buenas. Berlanga, en ese aspecto, fue desde el inicio de su carrera, un cineasta barato respecto al gasto de película; rodaba planos largos y muy largos (conocidos como planos-secuencia), muy ensayados para gastar el mínimo de negativo. Para ello contaba con Manuel Berenguer, uno de los más prestigiosos operadores de la época (¡y eso, que entonces había muchos y buenísimos!). Su currículum se distinguía con títulos como “Reina Santa” (1947) de Rafael Gil, “El huésped de las tinieblas” (1948) de Antonio del Amo, “El Marqués de Salamanca” (1948) de Edgar Neville o “Balarrasa” (1952) de José Antonio Nieves Conde. Todas ellas, películas de difícil iluminación y complicados claroscuros que Berenguer resolvió con extraordinaria brillantez. En  “Bienvenido Mr. Marshall”, fue asistido por Eloy Mella y Jesús Rosellón.

Colaboradores importantes de la película fueron igualmente Vicente Sempere en el papel de director de producción, Eduardo de la Torre como creador del vestuario, y los maquilladores Antonio Florido y Rosario Vaquero. Y por supuesto, los encargados de grabar el sonido directo: Antonio Alonso y Lorenzo Laínez. Todos ellos estuvieron en Guadalix de la Sierra hasta el 18 de octubre. Canet y su equipo se quedaron varias semanas más, hasta que desmantelaron los decorados (algunos permanecieron allí más tiempo, aunque ninguno se conserva).

Tras Guadalix de la Sierra se volvió a Madrid, concretamente a los Estudios CEA, situados en Arturo Soria  99, y a los Laboratorios Ballesteros (en García de Paredes 53) y Arroyo. En estos últimos, situados en el Paseo del Pintor Rosales 54, se efectuaron las mezclas, el montaje (debido a Pepita Orduña) y se le añadió la banda sonora y las canciones que había compuesto Jesús García Leoz (entre ellas “Americanos”, que Lolita Sevilla interpreta en compañía de los principales protagonistas y de los vecinos de Villar del Río (en la película este es el nombre del pueblo) cuando desfilan por su calle principal.

En próximos capítulos iremos viendo el devenir de esta incomparable producción, una de las pocas películas españolas que el tiempo no solo no ha enterrado sino que hoy “vuela” como un cometa por todas la Historia de la Cultura Española, yendo y regresando de generación en generación. Vívida. Divertida. Emotiva... Recordándonos lo que fuimos una vez.

 

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