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Bigas Luna nos deja un muestrario del sexo y el amor expresado en vigorosas películas

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La novela de Manuel de Pedrolo, “Mecanoscrit del segon origen” ya no llevará la firma como cineasta de Bigas Luna. Era su próximo proyecto, el que iba a dirigir en unos meses, si la muerte no lo hubiera truncado. Desde su primera película, “Tatuaje” (1978), se colocó al margen de todas las modas y corrientes cinematográficas que se llevaban por esas fechas en España. No buscaba la comercialidad, sino su impacto. Y con “Bilbao –del mismo año– su apuesta fue aún más radical. Eran tiempos en los que Bernardo Bertolucci daba un salto desde "La estrategia de la araña” (1970) –film revolucionario, pero clásico en su factura– hacia “El último tango en París” (1972) o “La luna” (1979), y en donde otros cineastas italianos del pos-neorrealismo (los hermanos Taviani, Carmelo Bene y Marco Bellocchio), se vuelcan, como él, a la denuncia del sistema, a la provocación y al desahucio del estilo que habían marcado maestros como Vittorio De Sica, Roberto Rossellini o Michelangelo Antonioni; y que en cierta manera, ya habían dinamitado dos de sus más geniales e inmediatos seguidores: Francesco Rosi y Pier Paolo Pasolini.

Bigas Luna siguió esa línea iconoclasta, tanto en estilo como en los argumentos. Y provocador fue ese “Bilbao” al que hacía referencia donde, además, añade una provocación más: el sexo. Todas sus películas están repletas de sexo como desafío, como catarsis de una necesidad que supera los sentimientos y se acomoda en el deseo extremo. Pero cuidado, no se crea que con ello caiga en la pornografía o en un erotismo chabacano y desnudista. Todo lo contrario, ese sexo es siempre sensualidad y, en muchos casos, un sentimiento amoroso desacomplejado. El cuerpo fotografiado desnudo y en contacto con otros cuerpos –ya fuese en el acto sexual del placer o el de transmisión amorosa–, tuvo una gran relevancia para el cineasta español. Otro ejemplo es “Caniche” (1979), película que fue clasificada por la censura como una obra semipornográfica al incluirla en la categoría “S”, frase obligada a ser impresa en toda la cartelería publicitaria.

Y esa falta de complejos la lleva incluso a la manera de enfocar y utilizar la publicidad (en el lanzamiento) de sus películas: desde la primera hasta la última. En “Bilbao” la censura tuvo que meterle mano al cartel y taparle las tetas a Isabel Pisano. Se salvó una de las guías de prensa, aquella en la que la actriz se sienta semidesnuda al lado de Ángel Jové y María Martín, y es porque se confeccionó para ser distribuida en el Festival de Cannes. Luego, Ópalo Films, la distribuidora, editó otra, “retocada”, que recogía el éxito de la película en dicho festival y donde, en la portada, se ve el cuerpo liso y plano –le quitaron los pechos y le borraron el sexo– de Isabel desnudo, estirado a lo largo y sujeto por dos cuerdas enganchadas al título. Desconozco su autor, pero la guía tiene una fuerza expresiva enorme, y más para la época en que se diseñó, en los últimos coletazos de la censura franquista.

¡Vaya papelazos que hicieron los tres actores! En realidad, Bigas Luna extrajo, en cada producción, lo mejor de sus protagonistas, logrando interpretaciones tan extremas y dúctiles como las de Penélope Cruz y Javier Bardem en “Jamón, jamón”. En esos años, el público recién saliendo de la Dictadura, alabó la fuerza provocadora de este cineasta, y aunque “Bilbao” se vio, sobre todo, en los cines de Arte y Ensayo, su selección para el XXXI Festival de Cannes, colocó al cineasta español y a su film en el punto de mira de la crítica de todo el mundo.

Bardem acentuaría aún más esa plástica de personaje rebelde que había marcado en el Raúl de “Jamón, jamón” (el cineasta lo definiría como “La polla de España”), remachándola en la  evolución explosiva que caracteriza al Benito González de “Huevos de oro” como tipo de joven crudo, brutal, desinhibido, frívolo y sin ponderación. Para mí son dos de sus más altas estilizaciones en la caracterización de un personaje de toda su carrera. Diría más: en el resto de sus papeles hay mucho de lo que ya adelanta en las dos películas de Bigas Luna. No es que Javier no aporte nueva expresividad  a los comportamientos que vendrán después, sino que lo esencial de su arte interpretativa está ya recogido en esas dos películas.

Ángel Sánchez Harguindey, crítico de El País en los años de la filmación de “Bilbao”, dijo que no parecía una película española: “Incluso en ambientes tan agotadores y neuróticos como los de Cannes en pleno festival, los cinéfilos, críticos y demás componentes de la farándula del celuloide, tienen todavía una cierta capacidad de asombro y se ven sorprendidos, de tarde en tarde, por películas insólitas y bellas. Tal es el caso de la película “Bilbao”, del español (catalán) Bigas Luna. Una película que ha dejado estupefacta a buena parte de la crítica mundial en general y española en particular”.

Luego llegarían “Caniche” (1979), “Renacer” (1981), “Lola” (1986), “Angustia” (1987), “La edades de Lulú” (1990), “Jamón, jamón” (1992), “Huevos de oro” (1993), “La teta y la luna” (1994), “Bámbola” (1996), “La camarera del Titánic” (1997), “Volaverunt” (1999), “Son de mar” (2001), “Yo soy la Juani” (2006) y “Di Di Hollywood” (2010). Todas poseen ese temperamento al que me refería antes, esa individualidad creativa que quiso siempre mantener como hoja de ruta, no sin haberlo madurado y desplegado, a lo largo de los años, en un lenguaje expresivo más moderno e, incluso, más comunicativo (en el sentido de acercarlo al público) que lo fue en sus inicios.

Bigas Luna consiguió esa independencia gracias a encontrar en el camino a productores que creyeron en él, lo protegieron y le dejaron hacer. También él sacrificó parte de sus “honorarios” y puso su trabajo (al menos una parte de él) a merced de los resultados de taquilla. Entre esos productores, quiero mencionar a uno: Andrés Vicente Gómez, que le produjo un, a priori, nada claro producto comercial que se titularía “Jamón, jamón”, pero que luego se convirtió en el vehículo de lanzamiento de Penélope Cruz y Javier Bardem, además de alcanzar un gran éxito en la taquilla. La confianza se mantuvo y el productor seguiría con él en “Huevos de oro”, “La teta y la luna” y “Son de mar”.

“Mi cine empezó siendo muy negro”, escribió en la hermosísima y documentada guía editada para el lanzamiento de “Son de mar”. “Caniche” y “Angustia” –sigue diciendo– lo eran. Con “Jamón, jamón” comenzó una época que yo llamo roja, con la que intentaba alejarme de ese cine tan poco humano, tan negro, para tirar hacia la pasión. Y “Son de mar” se encuentra en esa línea, aunque ahora creo que mi carrera va hacia el blanco. Tengo la impresión de estar realizando la carrera inversa a Goya, que es una persona que me interesa mucho y a la que miro constantemente. Él empezó muy luminoso, muy blanco, y terminó muy negro. En mi caso creo que me voy iluminando. Cada vez tengo más claro, y después de rodar “Son de mar” todavía más, que el amor y la sexualidad son dos cosas que van siempre juntas. Separar la opción sexual-animal (no hablo del erotismo, sino de la más primaria) del amor, es imposible”.

 

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