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Retorno a “El Dorado”




A Saura lo he admirado siempre por su humanidad, por su capacidad de trabajo y la manera de afrontarlo y organizarlo. En este su vigésimo primer largometraje, además, tuve la oportunidad de ver cómo se enfrentó a una película todavía más difícil de rodar, por el lugar escogido y la cantidad de elementos –humanos y no humanos– que la componían. Como un general durante una difícil batalla, impartió órdenes a sus capitanes, éstos a los soldados, quienes al final entraron en acción dando lugar a la victoria de “El Dorado”. Antonio García-Rayo.

No fue el Perú ni la Colombia de Lope de Aguirre, Pedro de Ursúa, Juan Alonso de la Bandera, el Padre Portillo, La Torralba, el soldado escritor Pedrairas, Elvirica o doña Inés de Atienza, sino una Costa Rica de enredadera y luces de cometa, aunque también, cuando descargan las lluvias y el cielo saca la santabárbara, el lugar se cubre de un color grisáceo, esmerilado en ocasiones, que visto desde las interioridades de los bosques se parece a la piel de los lagartos.

Es el color de la tierra y del cielo que tanto buscaba Carlos Saura para dar comienzo a su aventura cinematográfica. El lugar se llama Puerto Limón, ciudad de unos 50.000 habitantes, alzada por el Almirante de los Océanos en su cuarto y último viaje colonizador. Hoy es una de las zonas más visitadas por los turistas, ya que conserva la fisonomía de su pasado.

Pero el equipo de rodaje no se encuentra en este bosque labrado y adornado artificialmente por la mano del hombre, que ha levantado casas de madera heterogéneas revestidas de los colores solares de las aves nativas, sino mucho más adentro, en unas selvas de fiereza indescriptible, muy parecidas, si no iguales a las que recorrió la expedición originaria.

Veinte kilómetros más al interior, donde ya no quedan ni carreteras ni caminos ni apenas sendas por donde cruce el ser humano, el equipo de “El Dorado” está metido en otra aventura, también de película. La filmación se desenvuelve en el Parque Nacional de Tortuguero, casi 200.000 hectáreas de bosques atravesados por decenas de ríos y, de sur a norte, por un canal de más de cien kilómetros de largo, cuyas anchuras varían entre los 700 metros y los 16 kilómetros. Es todo ello, y el relativamente fácil acceso a centros de comunicación, lo que ha motivado a Saura a escoger este lugar para rodar su película.

Por lo demás, complicadísima. El cineasta no ha escatimado esfuerzos para que el final se parezca a lo que en su día fue una aventura que acabó en tragedia. “Mi película está siendo muy difícil de rodar –nos dice Saura–. Estamos acompañados frecuentemente por lluvias torrenciales y un calor espantoso, pisando en pantanos y tropezando en raíces que nos impiden a veces avanzar. Mi película es así de dura, pero todo el mundo estaba avisado de ello y no ha habido sorpresas”. Para quien sí las hubo fue para los expedicionarios primitivos, que no se esperaban que la búsqueda de El Dorado les llevara a través del infierno.

Para lograr ese realismo que se proponía el cineasta, era necesario que los protagonistas trabajasen en este ambiente para identificarse mejor con el argumento, que Saura explica así: “Es una lucha entre españoles por el poder, que además no la inicia Lope de Aguirre, sino otras personas. Aguirre es en mi opinión (¡ya veremos lo que sale en la película!) un hombre mayor, de unos 50 años –lo que en esa época es ser casi viejo–, muy gastado y quemado por las guerras. Debería ser un escéptico y no sé si lo es. Se embarca en la aventura con su hija y con La Torralva, su ama de llaves. No deja de ser curioso que un hombre viaje con toda su familia en una expedición de conquista”.

“Este hombre –continúa diciéndonos–, al producirse los acontecimientos, está a la expectativa. No es que tenga ya la idea de ser un rebelde. Quizá lo ha sido en su vida, pero ahora vive las circunstancias sin ser su principal protagonista, al menos al principio. Luego, cuando se da cuenta de que el gobernador Ursúa no es capaz de dirigir la expedición, es cuando encuentra su oportunidad, que también creen tener otros. Por eso estalla la guerra entre ellos. Una guerra, la primera en América, entre españoles”.

Para rodar “El Dorado” cuenta con uno de los mejores equipos técnicos y artísticos que se puedan hallar hoy en España (con fichajes extranjeros de categoría). Entre los técnicos, Víctor Albarrán, su jefe de producción, quien apenas duerme dos horas al día, incluidos los sábados y domingos. Se encarga de que funcione a la perfección y puntualmente todo lo que está detrás de la película y también de que al operador, Teo Escamilla, no le falten los casi mil metros de celuloide virgen diarios que carga en alguna de sus tres máquinas Panavisión. Otros profesionales de oro son el maquillador, José Antonio Sánchez y el compositor, Alejandro Masó.

La película cuenta con un material técnico costosísimo, la mayor parte del cual ha tenido que ser transportado desde España o México, como ese camión generador de energía que se embarcó en Valencia y sin el cual sería imposible filmar, pues al lugar no llega la electricidad. También en España se han fabricado los casi un millar de trajes de los artistas y figurantes, con diseño del inglés Terry Pritchard, igualmente inspirador de la carabela a tamaño natural en que viaja la expedición. Estos trajes son idénticos a los que vestían los españoles, mestizos e indios del siglo XVI.

Y para que los trajes no desmerezcan, Saura y su equipo, entre quien se encuentra la valiosa pieza de su hijo Carlos Saura Medrano, han hallado unas “perchas” que en nada desmerecen de las que entonces viajaron por el río Marañón. Parecen reencarnaciones de la época. Y por si fuera poco el parecido, se ha ido a más: han contratado a unos 300 indios bibrís, cuyas vidas transcurre en unas reservas de la zona de Talamanca, fronteriza con Panamá.

Al principio no aceptaron, pues viven casi en otro mundo, pasando su tiempo entre el ocio y el trabajo en el campo y el artesanado de la madera y el barro. Para convencerlos ha sido necesaria la ayuda de un antropólogo que tiene contratado la película, 200 colones diarios (400 pesetas aproximadamente) y el construirles un poblado casi idéntico al suyo, en los límites del cuartel general de rodaje.

Este se halla organizado en varias zonas: la residencia del equipo técnico y artístico venido de España, cercano a Puerto Limón (hoteles y chalets): el centro de información y coordinación; el principal lugar de rodaje en tierra, a unos 10 kilómetros del anterior; una localización en el interior de la selva, en donde se ha construido un poblado; y finalmente, el rodaje en pleno río, con lo que se estará a veces a una distancia de 50 kilómetros de Puerto Limón.

Para que los actores, técnicos y demás personal de la película se halle a las 6.30 de cada mañana en el lugar de rodaje, la producción tiene dispuesta a todas las horas del día una flota de 30 automóviles, 10 autobuses y una decena de lanchas, amén de otros vehículos, como avionetas para viajes más distanciados, que los recogen con espartana puntualidad y los devuelven a sus lugares de origen doce horas más tarde.

En el lugar de coordinación, conocido como Panadero, verdadero centro de control de la película, se encuentra una emisora de frecuencia modulada de largo alcance conectada con los demás centros de trabajo. Además, los principales jefes de equipo están enlazados entre sí por medio centenar de “walkies talkies”.

La verdadera estrella está fabricada de tornillos y madera, dando forma a un bergantín de 36 metros de eslora que fue construido en Paradero, después de ajustar unos salientes de roca en un improvisado puerto. Aquí, el inglés Guss Pollard, siguiendo el diseño de Terry Pritchard (dos de los técnicos europeos más solicitados en estas labores) ha levantado un auténtico bergantín de los que se usaban en el siglo XVI, que ya tiene varios novios para cuando acabe su trabajo en la película de Saura. Los de Costa Rica quieren anclarlo definitivamente en Puerto Limón como atracción turística. Pero en España también se desea, para llevarlo a Sevilla y convertirlo en un restaurante varado en el Guadalquivir.

Esta joya de “El Dorado” ha costado 90 millones de pesetas, presupuesto en el que se incluyen las chatas (barcazas más pequeñas) que acompañan a aquél y los seis potentes motores fueraborda con que es movido, hábilmente camuflados en los bajos de la nave. Además, durante casi dos meses, servirá también de residencia obligada de muchos de los trabajadores de la película, pues hacia la mitad del canal no existen lugares adecuados para dormir.

De los casi mil millones de pesetas que costará la película, unos 300 se quedarán en Costa Rica, entre inversiones en material y elementos humanos. La mayoría de los figurantes cobran entre 400 y 1000 colones diarios (800 y 2000 pesetas), además de la comida que se les da en el lugar del rodaje, donde se han levantado dos comedores –uno para ellos y otro para los artistas y el equipo técnico– que sirven más de 500 comidas diarias, lo cual da trabajo a una decena de personas entre cocineros, pinches y camareros. Los actores españoles cobran por semana alrededor de 125.000 pesetas, además de las dietas, alojamientos y otras prebendas propias de su estatuto privilegiado.

La película ha dispuesto durante todo este tiempo de un auditor-contable, Francisco Amaro, empleado de la Compañía Iberoamericana, productora del film, encargado de que se paguen las dietas diariamente. Los sueldos de los actores principales, no obstante, se ingresaron por adelantado en España. “Padre de la Criatura” y del dinero ha sido Andrés Vicente Gómez, un productor español joven, emprendedor arriesgado de otras aventuras cinematográficas anteriores.

100 millones ha obtenido del capítulo de subvenciones del Ministerio de Cultura; unos 25 del Instituto de Cooperación Iberoamericana (de su programa Quinto Centenario), además de pasajes de avión entre Madrid y San José de Costa Rica y viceversa, ofrecidos por Iberia. El resto deberá ponerlo él, pues el gobierno de Costa Rica no ha dado ni un solo colón.
“Aprovechando –nos dice Andrés Vicente– esta coyuntura actual de generosidad por parte del Ministerio de Cultura para potenciar películas interesantes, y pensando que gozaría de apoyos extraordinarios, me metí en ella. Sin embargo, los apoyos no han llegado. Va a costar más de 800 millones, pero mi empresa en estos momentos va muy bien y por eso me he decido hacerla. Además, Saura es siempre una garantía”.

El cineasta tenía el proyecto en su cabeza desde hace seis o siete años. Lo iba a abordar también Emiliano piedra, el productor de su trilogía musical, pero a última hora se echó atrás y los retomó Andrés. El cineasta español, viendo que no encontraba capital en España, había contactado incluso con productores franceses.

Fue entonces cuando tuvo lugar una entrevista entre Alfonso Guerra, Andrés Vicente Gómez y Emiliano Piedra, a la que también asistieron Rafael Escudero y Carlos Saura. En ella, los productores le pidieron al Vicepresidente del Gobierno que apoyara con generosidad proyectos cinematográficos sobre el Descubrimiento de América, y más ahora que se está a punto de cumplir su quinto centenario. Poco después se materializaba “El Dorado”, de una envergadura tal que ocupará de ahora en adelante un capítulo fundamental en la historia del cine español (@AGR).

 

 

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