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El Imperio de Samuel Bronston

por José María Alarcón Aguirre (Director Artístico)


Hubo unos años, ya lejanos, en los que Hollywood se instaló, como por arte de magia, en Madrid. Fue la época de Bronston, en la década de los sesenta. Es cierto, que no era la primera vez que los americanos venían a rodar a España. Ya se habían filmado anteriormente aquí superproducciones como “Alejandro Magno” (Robert Rossen, 1956), o “Salomón y la Reina de Saba” (1959) del mítico director King Vidor, que fue la primera gran película americana en la que intervine. Estaba protagonizada por Gina Lollobrigida y el famosísimo Tyrone Power, que murió de un infarto en pleno rodaje y hubo de ser sustituido por Yul Brinner. Pero eran estas películas discontinuas, que venían, se rodaban y, una vez terminadas, los equipos americanos regresaba a su país.

Bronston fue el único productor norteamericano que se afincó en Madrid, con la idea de producir todas sus películas en España. Venía de Italia, donde muchas películas americanas, de enorme presupuesto, se habían filmado en los estupendos estudios romanos de Cinecittà. Cuando los costes de producción, siempre en ascensión galopante, alcanzaron en ese país cifras astronómicas, los americanos desviaron su vista hacia España, que además de sol y bellos paisajes ofrecía precios mucho más bajos en todos los aspectos: hoteles, estudios, técnicos, mano de obra, figuración, etc…

Así que Samuel Bronston, llegó y encontró todos los medios y el apoyo necesarios, incluso el del Gobierno y sindicatos, por lo que decidió quedarse. Lo primero que hizo fue adueñarse de los vetustos Estudios Chamartín (hoy Estudios Buñuel), a los que mejoró notablemente, construyendo un nuevo y gran plató, que sumó a los ya existentes, ocupando además, cuando los necesitaba, los de Sevilla Films y CEA, que eran estudios magníficos y que más tarde fueron cayendo uno a uno por culpa, principalmente, de la especulación inmobiliaria: ¡Ya quisiéramos, actualmente, contar con estudios como aquellos! Pero todo era poco para Bronston. Además de ocupar estos grandes estudios, tuvo que alquilar, con derecho a compra, unos extensísimos terrenos en Las Matas, próximos a Madrid, para los gigantescos decorados exteriores que requerían sus películas. Así surgió el Imperio Bronston.

Para muchos de nosotros, técnicos españoles, este desembarco americano en Madrid supuso un punto y aparte. Al principio, los americanos desconfiaban muchísimo de nuestra capacidad y tendían a traer todo de Estados Unidos o de Inglaterra, incluso los carpinteros o pintores. Pero pronto se dieron cuenta de que aquí había excelentes técnicos y trabajadores, y poco a poco se limitaron a traer los jefes de cada departamento, contratando aquí el grueso del equipo. Esto ocurrió tanto en decoración como en el departamento de fotografía, dirección o producción.

En el caso nuestro, es decir en decoración, el cine español contaba con unos pocos, pero muy buenos decoradores, como Enrique Alarcón, Antonio Simont, Burman o Gil Parrondo, asistidos por sus respectivos ayudantes. Pero lo que no existía era el complejo –numeroso y perfectamente organizado Departamento de Arte– al estilo anglosajón, capaz de agrupar hasta veinte o más personas, entre director artístico, decoradores, ayudantes, dibujantes, bocetistas y ambientadores: un equipo de estas características, en España, para cada película, obviamente era un lujo que no se podía permitir la producción española.

No es de extrañar, por tanto, que al llegar al cine americano, y ante la necesidad de crear esos departamentos de arte, los más cualificados de nosotros pasáramos a constituir esos equipos. Los colegas que no pudieron incorporarse a este cine extranjero nos acusaban con desprecio, teñido de una cierta envidia, de “habernos vendido al dólar”. Sin generalizar y hablando de mi propia experiencia, puedo decir que fue un proceso natural: más que elegir yo el trabajo, fue el trabajo el que me eligió a mí.

Es cierto que el sueldo era sustanciosamente más elevado, pero había otros factores, como una mayor continuidad de trabajo, películas más largas, posibilidad de desarrollar una labor más creativa, con medios muy superiores a los del cine español. Pero, al menos en mi caso, junto a estas indudables ventajas, el enrolarme en estas producciones americanas tuvo también algún inconveniente. Y fue el distanciamiento del cine nacional. Al trabajar durante muchos años en películas extranjeras, fuimos clasificados como técnicos ajenos al cine habitual y por tanto casi desconocidos, ignorados y excluidos.

Pero volvamos a Bronston. El departamento de Arte de los Estudios Bronston fue realmente importante. En el transcurso de las diferentes películas, pasaron por aquí los Production Designer siguientes: George Wakhevitch, Veniero Colasanti, John Moore y John de Cuir, todos de gran valía y de personalidades muy diferentes. Como director artístico español estaba nuestro prestigioso y dos veces Oscar, Gil Parrondo. También intervino, como ambientador y solamente por un breve tiempo Enrique Alarcón.

Apoyando al diseñador de producción de turno, trabajábamos un equipo de decoradores, asistidos por numerosos dibujantes, compuesto por Luis P. Espinosa, Julio Molina, los franceses Pierre Thevenet y Savin Cuel, Antonio Patón, Román Calatayud, Ángel Cañizares, Fernando González, Enrique Fernández y yo mismo. Entre los dibujantes, recuerdo alguno como Eduardo Hidalgo, Vila, o el entonces debutante y hoy famoso Benjamín Fernández.

Como se ve, éramos un equipo bastante numeroso, como acostumbran a ser los Departamentos de Arte en películas de esta envergadura. Este equipo se repartía las diferentes tareas del departamento, principalmente el diseño, pero también la dirección y control de la construcción. Era tan importante nuestro departamento y requería tanto espacio, que como las oficinas del estudio se habían quedado pequeñas para todo en general, Bronston no dudó en comprar un gran chalet de tres pisos, contiguo al estudio, para alojar nuestras oficinas y estudio de dibujo.

El equipo de arte trabajaba con una precisión de reloj, capitaneado por Gil Parrondo, que además de ser un extraordinario director artístico, era de los pocos en aquella época que hablaba inglés y francés, y sumaba a su capacidad artística unas considerables dotes de organización. Él distribuía el trabajo entre nosotros, con las ideas y documentación proporcionadas por el Diseñador de Producción, y cada uno de nosotros se dedicaba al proyecto de cada decorado o decorados, desarrollándolo exhaustivamente. Pierre Thevenet, basándose en nuestros dibujos, pintaba los bocetos, y algunos, como Julio Molina, pronto se decantaron por la dirección de construcción.

Nuestro trabajo, aunque intenso, dada la cantidad de proyectos que implicaba cada película, se desarrollaba sin presiones ni estrés. Era un equipo muy capaz y profesional y funcionaba eficaz y puntualmente como una perfecta máquina bien engrasada. Sin un equipo así no hubiera sido posible la realización de tantos y tan gigantescos decorados. Pero aún hubiera sido más difícil, o mejor dicho imposible, su realización, de no haberse contado con los fabulosos constructores Francisco Asensio y Francisco Prosper. Tanto el uno como el otro estaban acostumbrados a enfrentarse con decorados de gran envergadura, mucho antes de que apareciesen por Madrid los cineastas americanos.

Efectivamente, existía una gran tradición constructiva en el cine español, debido al auge que tuvieron películas históricas como “Locura de amor”, “Agustina de Aragón” o “Alba de América”, las tres de Juan de Orduña, rodadas respectivamente en los años 1948, 1950 y 1951, de gran aparato escenográfico.

Así mismo, contaban con jefes de construcción y montaje capaces de coordinar y organizar los distintos oficios, y dirigir la construcción de los decorados. Todos estos artesanos, pintores, escultores, etc., eran de una calidad igual o superior a la de cualquier extranjero. A pesar de la compleja e importante organización de cada empresa, fue necesaria la conjunción de Asensio y Prosper para poder abordar el ingente trabajo de Bronston. Y aún se precisó la ayuda de algún otro constructor más modesto.

Como departamento independiente de construcción, se creó un equipo de pintores-decoradores, encargados de pintar los frescos pompeyanos o los mosaicos de los suelos romanos. Estaban dirigidos por un artista polaco llamado Maciek Piotrowski y en él fueron reclutados notables pintores españoles como Máximo, de la Cámara, García Ochoa, etc. Y paralelamente al Departamento de Arte, trabajaba el de ambientación, encargado, según nuestros dibujos, de fabricar todo el mobiliario, armas, banderas, carruajes, lámparas, en fin todo lo concerniente al atrezzo. Su jefe era Roberto Carpio, director teatral muy conocido y muy experto en vestuario y ambientación.

Sobre Bronston y sus películas se puede escribir un grueso libro. Yo sólo intento referirme en este artículo para AGR a lo concerniente a la Dirección Artística de sus producciones que, por otra parte, es lo que realmente conozco a fondo, pues no en vano formé parte de su Departamento de Arte en todas ellas. Todas las películas de Bronston, aparte sus otros méritos o defectos, se caracterizaban por una ambición de espectacularidad y colosalismo, y por ello sus decorados fueron siempre gigantescos y grandiosos.


REY DE REYES

El diseñador de esta película, dirigida por Nicholas Ray en 1961, fue Georges Wakhevitch, un ruso francés muy imaginativo y genial en sus bocetos, aunque un poco teatral. Tengo un recuerdo indeleble de esta película de tema bíblico. Aunque nuestra oficina radicaba en los estudios Chamartín, yo trabajaba en esta ocasión con Julio Molina en Sevilla films, donde se construían los decorados exteriores. Desde nuestro despacho veíamos el solar del estudio, donde crecía, día tras día, el imponente templo de Salomón. Ya estaba casi terminado, cuando una mañana entré como cada día, abrí la ventana y me quedé estupefacto. El majestuoso edificio había desaparecido. Aquella noche un viento huracanado lo había derribado. Fue preciso reconstruirlo, utilizando esta vez una estructura de hierro capaz de desafiar el más fuerte tornado. Acompañando a Wakhevitch vinieron Savin Couel y Pierre Thevenet, y este último se quedó en Madrid para siempre.


EL CID

Dirigida por Anthony Mann en  1961, y protagonizada por Sophia Loren y Charlton Heston. Quizás es la película más conseguida de Bronston. Para “El Cid”, trajo de Italia el tándem formado por Colasanti, arquitecto muy versado en épocas históricas y con experiencia teatral y operística, y a su socio americano John Moore. Además de la decoración, diseñaban también el vestuario. Ellos hicieron casi todas las películas de Bronston: “El Cid”, “55 días en Pekín”, “La caída del Imperio Romano”… Por ser un tema tan local y español, mejor hubiera sido encomendar la tarea de decorar “El Cid” a un decorador español que lo hubiera diseñado de forma auténtica.

“El Cid”, diseñado por Colasanti y Moore, es de un estilo un poco avanzado para su época y sus interiores son demasiado ricos. No olvidemos que Italia ha ido siempre por delante de España en sus estilos, y Colasanti era italiano. Debería imperar un estilo Prerrománico, Asturiano o Visigótico, y en lugar de ello aparece un estilo Románico Tardío, casi Gótico. Esto motivó alguna protesta del asesor histórico, que era nada menos que Menéndez-Pidal. Dicho esto, que no es muy importante, puesto que se trata de una leyenda, no de una reconstrucción histórica, todo lo que puedo añadir es positivo. Los decorados son bellísimos: el complejo del Palacio de Gromaz, con su salón de trono presidido por un mural que representa un árbol genealógico en un estilo –este sí, muy primitivo y románico–; los largos corredores; la cinematográfica escalera en espiral donde el Cid mata, a su pesar, al padre de Doña Jimena (Sophia Loren)… Todo es muy acertado y efectista.

Decorados notables fueron el claustro, muy realista, del convento donde se recluye Doña Jimena; la Catedral de Burgos, inspirada en la de Soria. Es impresionante el trabajo que se hizo en Peñíscola, convirtiendo todo el pueblo en un set para la conquista de Valencia. Además, se completó el derruido Castillo, se construyó una larga y alta muralla… La playa estaba llena de torres de asalto, catapultas, barcos moriscos, campamentos de tiendas en la lejanía. Notable fue también la recreación del torneo medieval, al pie del castillo de Belmonte.

A veces un rodaje adopta una verdad, una realidad mayor que el resultado filmado. Viajé a Peñíscola, ya empezado el rodaje. Llegué de noche, tarde y fui al hotel directamente a acostarme. Me despertó al amanecer la pálida luz que entraba por la ventana y el lejano rumor del mar. El hotel estaba en la misma playa, frente al mar. Fui hacía la ventana y abrí los postigos. Y sucedió el milagro: de pronto me encontré transportado a la Edad Media. Frente a mi ventana, desfilaban en silencio absoluto cientos de soldados, con sus armaduras, sus escudos, sus lanzas como una procesión fantasmal en la luz incierta del alba y el fondo borroso del mar. Eran soldados auténticos, que hacían de extras y se encaminaban medio dormidos hacia el lugar del rodaje. La impresión de autenticidad era total.


55 DÍAS EN PEKÍN

Dirigida por Nicholas Ray en 1963, fueron los protagonistas principales Ava Gardner, Charlton Heston y David Niven. Esta película, como otras muchas (por ejemplo “El Doctor Zhivago” de David Lean, 1965), demuestra cómo la magia del cine  y un buen trabajo de decoración, permiten rodar en un país como España, en  unos solares de Madrid, cualquier lugar del mundo por muy exótico, lejano o diferente que sea.

Por primera vez se utilizaban los terrenos adquiridos por Bronston cerca de Madrid, concretamente en Las Matas, ya que para el decorado de Pekín, cualquier solar de estudio resultaba pequeño. El enorme decorado comprendía un grupo de casas de tipo europeo que figuraba el barrio de las legaciones extranjeras; calles típicas chinas, con sus historiados arcos de triunfo y pintorescas tiendas llenas de rótulos y banderolas; casitas más pobres y populares; además, un río artificial, con varios puentes, cruzaba la totalidad del decorado. Al fondo se erigía la pagoda del salón de trono de la Emperatriz, en el Palacio Imperial. Todo ello circundado por una enorme muralla con sus puertas de entrada y muchos pisos de altura (un segmento de la cual había de explosionar)… En fin, un conjunto impresionante.

Los decorados interiores eran también muy apreciables. Basta recordar el salón de Trono de la Emperatriz, de fidelidad asombrosa. Ninguno de nosotros había estado nunca en Pekín. Pero trabajamos con una documentación espléndida. No sé de dónde sacaría Colasanti aquellas maravillosas carpetas,  con docenas de fotografías de gran tamaño y detalle. Cualquier aspecto del Palacio Imperial, de las viviendas y calles típicas, de las murallas o de cualquier otro tema de arquitectura China, estaba abundantemente explicado y reflejado.


LA CAÍDA DEL IMPERIO ROMANO

Esta película es un excelente ejemplo, no sólo de colosalismo, sino de fidelidad a la época, arquitectura y ambientación de la Roma Clásica. Aquí sí que Colasanti se movió como pez en el agua, haciendo una fiel y grandiosa reconstrucción. Dirigida por Anthony Mann en 1964, y protagonizada de nuevo por Sophia Loren y Charlton Heston, es posiblemente la más espectacular de la saga Bronston.

Como siempre, había espléndidos decorados interiores, donde no se sabe qué admirar más, si su diseño, o su perfecto acabado, con pinturas pompeyanas, suelos de mosaicos multicolores, estatuas, cornisas de ricos relieves, bellas columnatas jónicas, corintias, con capiteles perfectamente modelados. Todo el esplendor y la riqueza de la arquitectura clásica esta aquí representado. Sin olvidar la ambientación y mobiliario, especialmente construido para la película, de una belleza y autenticidad absolutas.

Pero lo más espectacular son los exteriores. En Balsaín, en la sierra madrileña, en medio de la nieve, se construyó un enorme fuerte romano. Hacía muchísimo frío y lo sintió en sus huesos el equipo de filmación y los innumerables extras traídos para este rodaje, pero el resultado es magnífico. La guinda, sin embargo, el “no va más”, es el decorado del Foro Romano. En los mismos terrenos donde estuvo Pekín, fue surgiendo, sostenido por grandísimas estructuras metálicas de gran altura y diferente niveles, la mejor reconstrucción del Foro Romano que se ha hecho nunca, y desde luego el decorado romano más bello, grandioso y espectacular de la historia del cine.


EL FABULOSO MUNDO DEL CIRCO

Dirigida por Henry Hathaway en 1964, con Rita Hayworth, Claudia Cardinale y John Wayne. Para está película contrató Bronston al diseñador americano John de Cuir, autor también de los diseños de “Cleopatra” (Joseph L. Mankiewicz, 1961-1963). Es uno de los directores artísticos que más me ha impresionado por su imaginación desbordante. Su dominio del dibujo era notable. Hacía unos bocetos grandísimo con una facilidad y rapidez pasmosas.

Recuerdo que se estaba planeando llevar al cine la famosa novela “Un mundo feliz” de Huxley, y tanto John de Cuir como Colasanti/Moore, invitados por Bronston, presentaron bocetos con ideas para la película que se expusieron en un plató. Era muy curioso comparar sus estilos y su visión de la película, tan diferentes y, sin embargo, igualmente meritoria y válida.
John de Cuir hizo una excelente y creativa labor en “El fabuloso mundo del circo”, aunque no sea esta película tan espectacular, desde el punto de vista de la escenografía, como las anteriores. En el plató más grande del estudio se montó un ciclorama que rodeaba todo el decorado, y para pintarlo vino de Londres el artista y pintor escénico Ferdinand Belan, que pintaba gigantescos forillos a una velocidad endiablada.

Fue muy interesante, igualmente, el decorado montado en el puerto de Barcelona, con un barco como escenario circense y gran aparato de carrozas y artilugios. El estudio de Bronston, al estilo de los grandes estudios de Hollywood de la época, era una auténtica e imparable fábrica de sueños. Mientras se estaba terminando la filmación de una película, nosotros, el departamento de Arte, ya habíamos pasado a la siguiente y la estábamos diseñando.

Así ocurrió al final. Estábamos preparando una película –“Bengala”, de tema indio– y no se me olvidará nunca el trabajo que me costó desentrañar la intrincada arquitectura del templo Khajuraho existente en la India Central, del que disponía sólo de algunas fotos y una esquemática planta, y que me tocó en suerte para proyectar uno de los decorados. En  ésas estábamos, con el nuevo y radical cambio de estilo, peculiar del trabajo cinematográfico –que es lo que lo hace tan variado y apasionante–, cuando empezaron a correr algunos rumores sobre dificultades monetarias de Bronston: se decía que la poderosísima familia Dupont le había retirado su apoyo financiero.

Algo de verdad había en lo que se decía, y, seguramente, para salvar su difícil situación económica, Bronston había preparado una magna convención a la que había invitado a todos los magnates y personalidad el cine mundial. Para acogerlos se había montado en el estudio un decorado para la fiesta, en la que actuaría nada menos que el bailarín Antonio y la entonces estrellita revelación, Marisol. Todo estaba  a punto para el acto. Sólo faltaban una o dos semanas… Y de pronto el mundo entero se estremeció, conteniendo la respiración: el Presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, había sido asesinado.

Ni que decir tiene que la convención se vino abajo. Y no mucho tiempo después sobrevino el anunciado y temido crack del Imperio Bronston. No pretendo relacionar el desgraciado hecho de la suspensión de la convención, como causa determinante del crack, pero sí como símbolo. Y quién sabe, de haberse celebrado, si no hubiera el incasable Bronston, una vez más, conseguido la inyección monetaria que necesitaba. El caso es que nuestra fábrica de sueños cerró. El jefe de personal nos reunió al equipo de arte para decirnos, con grandes circunloquios eufemísticos, que estábamos despedidos. Es decir, lo normal en el trabajo cinematográfico, que dura lo que tarda en hacerse la película. Pero nuestro caso era atípico: llevábamos años trabajando sin parar, suspirando por unas vacaciones.

Muchos de nosotros pasamos casi a continuación a trabaja en otra serie de películas producidas por Philip Jordan, el prestigioso guionista americano, también con importantes decorados. Y muchas otras grandes superproducciones vinieron después. Pero un sistema de producción, tan hollywoodiense, tan radicado en Madrid permanentemente como el de Bronston, no volvió a repetirse. Durante mucho tiempo, periódicamente, cada año, circulaba el rumor de que Bronston volvería a producir. De hecho, se preparó la película “Isabel la Católica”, que gozaba de total beneplácito y apoyo del gobierno franquista. Pero pasó el tiempo y Samuel Bronston nunca fue capaz de superar la crisis y resurgir de sus cenizas.

En los terrenos de Las Matas continuaron largo tiempo erguidas las fantasmales estructuras tubulares que anteriormente fueron el esqueleto de maravillosos decorados. Eran como ruinas de un imperio fenecido, pero esta vez no del Imperio Romano, sino del Imperio Samuel Bronston.

Y al cabo de los años, muy cerca de allí, en el pequeño cementerio de Las Rozas, era enterrado Samuel Bronston, que nunca había abandonado del todo nuestro país. Por fin descansaba el inquieto, infatigable, soñador y emprendedor cineasta judío que fue capaz de trasplantar Hollywood a Madrid.

 

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