Home Aniversarios Hace 102 años se estrenaban tres joyas del cine

Hace 102 años se estrenaban tres joyas del cine




Hace un siglo, en 1913, el cine ya había cumplido 18 años, pero todavía era un bebé. Sin padres con la experiencia lógica de los mayores que le enseñaran. Solo con hermanos o primos en los otros espectáculos de boga entonces: el circo, el teatro y el cabaret. De ellos va a aprender los primeros pasos y en ellos se va a fijar para crear sus propias reglas. Para 1913 esas reglas no estaban definidas del todo, aunque cuatro cinematografías –la alemana, la nórdica, la estadounidense y la francesa– van a dar el gran salto con tres películas que supondrán el inicio de un cine que halla su propio lenguaje y sienta las bases para definirlo como Arte. Son las primeras versiones de “El estudiante de Praga” de Stellan Rye, “La batalla de Gettysburg” de Charles Giblyn y Thomas H. Ince, y “Fantomas” de Louis Feuillade.

Hasta llegar a ellas le preceden una serie de “ensayos de cámara”, algunos de los cuales merecen –vistos desde hoy– el título igualmente de obras artísticas: ¿o no lo es aquella secuencia lineal de “La llegada del tren a la estación de Ciotat”, rodada en 1895 por los hermanos Lumiere como ejemplo de lo que era su nuevo invento? Hasta el estreno de esos tres ejemplos de 1913 que he citado, el cine francés se había esmerado en desarrollar ideas y argumentos que colocaban al cinematógrafo documental –esa llegada del tren– en la vía del espectáculo.

Y lo hace en 1902 con “El viaje a la Luna” de George Méliès y “Las víctimas del alcoholismo” de Ferdinand Zecca; y con “El asesinato del Duque de Guise” de André Calmettes y Charles Le Bargy, filmada en 1908. Hay que añadir un título más, probablemente el de más éxito de entonces: “El abismo” que el cineasta danés Urban Gad filma en 1911. En estas cuatro películas –de poco más de cinco minutos de metraje– están ubicados los principales géneros cinematográficos: la fantasía y la ciencia ficción en la de Méliès, el drama con tintes de cine negro en la de Zecca y el de aventuras en la de Calmettes y Le Bargy.

El estreno de “Las víctimas del alcoholismo”, que llega tras su “Historia de un crimen” (1901), supuso para Zecca la confirmación de que nacía un espectáculo nuevo capaz de enganchar a los públicos del teatro y del circo. Y, de paso, para la productora Pathè Fréres –que las financiaba–, la confirmación de que se abría una nueva industria que desarrollaría un gigantesco negocio. Porque las dos obras de Zecca citadas y las que vendrían después, supusieron la reconversión de la fábrica de gramófonos de los hermanos Pathè en una compañía cinematográfica que perdura hasta nuestros días. 

Pero volvamos a la primera versión de “El estudiante de Praga” (en 1926, en plena ola del expresionismo, se rodará una segunda versión firmada por Henrik Galeen), dirigida por el danés afincado en Berlín Stellan Rye. La va a interpretar Paul Wegener –uno de los pilares del movimiento Expresionista alemán que empezará a manifestarse muy pronto–, que compaginará la profesión de actor con la de director. En ambas facetas firma los dos “Golem”: el de 1915 y el de 1920, siendo este último el que por derecho propio se encuentra situado en la cumbre más alta del movimiento citado.

Cuando el 90 por ciento de las salas cinematográficas proyectan exclusivamente películas francesas, norteamericanas, danesas, italianas y suecas,  Stellan Rye llega con su película y sitúa al cine alemán en primera línea. Una historia gótica, de terror –muy del gusto del público de la época, extraída de un guión de Hanns Heinz Ewers– en la que un estudiante vende al Diablo su imagen reflejada en el espejo.

La película se estrenó la lujosa sala Mozartsaal de Berlín, donde el público queda acongojado por las impactantes escenas que pasan ante sus ojos, interpretadas en su principales papeles por el citado Wegener (en el papel del estudiante), Lyda Salmonova (en el de la novia) y John Gottowt (el Diablo).

El historiador Carlos Fernández Cuenca, en su libro El cine alemán (Filmoteca de España, 1961), señala que la película “Pone en práctica por primera vez las predicciones de los teóricos alemanes que, como Herman Häfker y Georg Lukacs,  propugnaban la fusión de elementos reales e irreales, según la tradición poética nacional, para dotar de categoría artística al cine”.

El “Fantomas” de Louis Feuillade aparece al mismo tiempo que la de Stellan Rye, y el impacto entre el público es similar. Pero mientras en la del danés, el argumento se había escrito para la película, en la del francés, la historia era de dominio público gracias a las entregas en papel que se venían haciendo desde hacía años y que el público de toda Francia leía con apetito insaciable.

Además, la de Rye tendrá solo una entrega, mientras que con la de Feuillade se consolidará el cine de episodios o de series, como se le conocía también y como se conocen a las películas que se filman hoy en día para la televisión.

Para la fecha de su estreno en París, los autores de la folletinesca obra escrita por Pierre Souvestre y Marcel Allain, ya llevaban publicados 32 volúmenes (llegaron a venderse más de 600.000 ejemplares al mes, solo en Francia). Es decir, que Feuillade tenía ganada parte de la batalla del público si le salía bien su película, como así fue.  Tenía el precedente de las series de “Nick Carter”  y “Zigomar”, filmadas hacia 1911 por Victorin-Hippolyte Jasset. “Pero Feuillade –escribe Roberto Paolella en su “Historia del Cine Mudo” (Editorial Universitaria de Buenos Aires.1967)– tuvo el mérito de tratar la materia tan tosca de la novela popular con un divertido brío y una desenvoltura delicada”.  No hay que olvidar que Feuillade ya sabía de series, pues había firmado una de éxito en la época: “La vida tal como es”.

“Fantomas” se estrena en los años anteriores al estallido de la primera guerra europea, que acabará convirtiéndose en mundial. En esta segunda década del siglo XX hacían furor los folletines no solo en Europa sino también en Estados Unidos. Precisamente es desde este país donde llegan las primeras historias escritas para almanaques y tiras de periódico, con personajes como el citado Nick Carter, Buffalo Bill o Sherlock Holmes. Pero es “Fantomas” el que conocerá los mayores éxitos.

Simplemente, porque “No solo es un extraordinario y fascinante film de aventuras –escribe Marcel Martin en su Historia del Cine en 120 films, publicada por la revista Film Ideal– sino también un documento social sobre la alta sociedad y el hampa de la capital. Se le acusó –sigue diciendo el escritor francés– de carcomer las bases de la sociedad y se le hizo responsables de ciertos actos realizados por la Banda de Bonnot”.

Entre 1913 y 1914 se filmaron otros cinco “Fantomas”, todos ellos interpretados por René Navarre, al que hay que colgar igualmente parte del éxito de la taquilla. El cine francés volvió a recuperarlo en diversas etapas del siglo pasado, incluso en tono humorístico, al interpretar al Comisario Juve, el actor Louis de Funès en varias películas filmadas a lo largo de la década de los sesenta., con Jean Marais de protagonista.

Mientras el cine europeo desarrollaba sus ideas argumentales y ahondaba en el lenguaje cinematográfico con películas como las citadas, en el Estados Unidos de Griffith se estrenaba, también en 1913, “La batalla de Gettysburg” dirigida por Charles Giblyn y Thomas H. Ince. “Dos años antes de filmarse “El nacimiento de una nación” –dice Marcel Martin en su texto citado–, el film denota ya un sentido del movimiento y una calidad plástica elogiable. Menos cultivado que Griffith, aunque más espontáneo, menos inventivo que aquel en el plano del lenguaje, pero más natural”.

“La batalla de Gettysburg”  –una de los más sangrientos combates entre el Sur y el Norte en su guerrea civil–se encuentra entre los trabajos más importantes de esta primera fase de la carrera de Ince, y lo coloca entre los cineastas que van a establecer un nuevo género y auténticamente norteamericano: el western (aunque su paternidad hay que atribuírsela a  Edwin S. Porter y a su película “Asalto y robo al tren”, filmada en 1903).

A juicio de Roberto Paolella (obra citada),   “La batalla de Gettysburg”  trata de un episodio de la Guerra de Secesión, “Con un movimiento tal que, en las escenas de lucha, hay como un presagio de Griffith. Si se presta fe a las primeras ingenuas biografías de los críticos norteamericanos, Ince es un personaje de gustos bastantes simples y elementales que jura no haber leído nunca un libro, y (...) que sostiene que para hacer un film es necesario saber poner muchos ingredientes juntos como para una torta. La verdad –añade– es que su obra está destinada a permanecer durante mucho tiempo en la Historia del Cine, porque ha sabido ser el verdadero rapsoda de la época del western”.

Bien, han pasado ya 100 años desde el rodaje de estas tres películas que, aunque convertidas para muchos en celuloide rancio, representan tres cumbres de la Historia del Cine. Sería deseable recuperarlas en algunos de los formatos caseros que existen hoy en día. Muchos lo agradeceríamos.

 

 

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