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Don Don Quijote y Sancho Panza cabalgan por el cine

Por Antonio García-Rayo

Hay novelas que se han atragantado con frecuencia al cine; obras escritas para ser leídas esencialmente, cuyas adaptaciones cinematográficas, en el mejor de los casos, se han quedado cojas, cuando no han patinado sin remedio, por su dificultad para ser llevadas a la pantalla o, por la falta de recursos psicológicos para unificar la palabra con la imagen. “El Quijote” de Cervantes, del que muy pronto –en el próximo mes de enero se cumple el cuarto centenario de su publicación, es, seguramente, uno de los ejemplos más a la vista de lo que decimos. No es que haya pocas adaptaciones cinematográficas de este monumental libro de la Historia de la Humanidad –el más leído después de la Biblia, traducido a más de 60 idiomas, más de 5.000 ediciones desde entonces…–, que las hay, y tal vez demasiadas, sino que la mayoría de las filmadas en diversas partes del mundo, se han reducido al acomodo de una parte de su inmensa e inacabable prosa, sin formular el meollo de la historia. El problema radica ahí, precisamente en ese meollo, en el núcleo y la substancia de su verbo, extenso como pocos, profundo de lenguaje y de sutil psicología, por lo que la mayoría de las versiones –las más mediocres se han conformado con entresacar las anécdotas más tópicas (por conocidas) de la obra cervantina, dejando por imposible aquellas otras donde su soplo y su energía nos ofrecen la grandeza de los personajes, la trascendencia del momento histórico y la entraña del lugar donde viven.

Imagínense el Don Quijote de 250 metros que Francisco Tressol y Joaquín Carrasco rodaron en 1908 para la productora Iris Films. ¡Con ese metraje, ni al hidalgo manchego ni a su escudero les daba tiempo de circundar la casa y desatar a Rocinante y al rocín! Pero ahí tenemos la que, probablemente, será la primera aproximación del cine a la obra cervantina, que cumplirá próximamente, como decimos, 400 años y que por estas fechas debía estar paseándose por las oficinas de los censores de la época para obtener los permisos de publicación, a tenor de las licencias otorgadas por los responsables administrativos y correctores de la Corte de Felipe III (que se conservan aún): Juan de Amezqueta, secretario del Rey, “En Valladolid, a veinte y seis días del mes de setiembre del mil y seiscientos y cuatro años”; Francisco Murcia de la Llana, licenciado corrector, “En el Colegio de la Madre de Dios de los Teólogos de la Universidad de Alcalá, en primero de diciembre de 1604 años”; y Juan Gallo de Andrada, escribano de Cámara del Rey, “En Valladolid, a veinte días del mes de diciembre de mil y seiscientos y cuatro años”.

Con todas estas anuencias y otros consentimientos de la real época, a principios de 1605, “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” ve la luz y las letras en la imprenta que el segoviano Juan de la Cuesta tenía en la madrileña calle de Atocha. Hay pocos libros que hayan llegado a nuestra época tan frescos y tan alabados. El de Cervantes sigue siendo, para muchos, el edificio más alto y sólido de la literatura universal de todos los tiempos. Miles de autores y obras, muchas de ellas con gran ahondamiento psicológico, han irrumpido en el entramado tan complejo de los personajes manchegos. Elijo una, de las primeras que ha intentado descubrir las raíces de don Quijote y Sancho Panza, de Dulcinea del Toboso, de la Maritornes y el Ventero, de Cardenio y Dorotea, del barbero y el cura, de los labriegos, pelantrines, pastores, farmacéuticos… Me estoy refiriendo a “La ruta de don Quijote” que escribiera Azorín en 1912 (edición del autor): “Penetremos en la sencilla estancia; acércate, lector; que la emoción no sacuda tus nervios; que tus pies no tropiecen con el astrágalo del umbral; que tus manos no dejen caer el bastón en que se apoyan; que tus ojos, bien abiertos, bien vigilantes, bien escudriñadores, recojan y envíen al cerebro todos los detalles, todos los matices, todos los más insignificantes gestos y los movimientos más ligeros. Don Alonso Quijano el Bueno está sentado ante una recia y obscura mesa de nogal; sus codos puntiagudos, huesudos, se apoyan con energía sobre el duro tablero; sus miradas ávidas se clavan en los blancos folios, llenos de letras pequeñitas, de un inmenso volumen. Y de cuando en cuando el busto amojamado de D. Alonso se yergue; suspira hondamente el caballero; se remueve nervioso y afanoso en el ancho asiento. Y sus miradas, de las blancas hojas del libro, pasan súbitas y llameantes a la vieja y mohosa espada que pende en la pared. Estamos, lector, en Argamasilla de Alba en 1570, en 1572 o en 1575. ¿Cómo es esta ciudad hoy ilustre en la historia literaria española?...”.

Miguel de Cervantes y Orson Welles

En 1912, dice Azorín, que era prácticamente igual que en el siglo XVI; hoy, aunque quedan márgenes para la imaginación, nada tiene que ver ni con la Argamasilla de Alba de la década de los sesenta, hasta donde podemos colocar, como en la mayoría de los pueblos manchegos, la frontera entre la destrucción casi absoluta del pasado –geográfico y mental- y la modernidad. Pero a pesar de ello, nuestro simpar hidalgo y el buenazo del escudero, siguen vivos en la hombría, no sólamente de mucha gente del pueblo de Ciudad Real, sino en la decencia expresada a diario por la mayoría de las gentes de todos los pueblos manchegos: más aún, siguen activos en la dignidad de todos los pueblos del mundo. Traer aquellos personajes inmortales y vivientes por los siglos, es una tarea de genios. Por eso resulta tan difícil cinematografiar el libro de Cervantes.

Un genio del cine, precisamente, lo intentó hacer o le pasó por la mente el filmar la obra cervantina. Me estoy refiriendo a Charles Chaplin. Pero el proyecto se diluyó en el aire. Más decisión tuvo otro genio, Orson Welles, aunque el resultado sigue siendo hoy uno de los secretos mejor guardados del cine. André Bazin, en su libro “Orson Welles” (Editorial Fernando Torres, 1973) escribe lo siguiente: “Aunque se destinen definitivamente a la televisión, además del Affaire Dominici (inacabado…) y el film sobre el cine italiano y Gina Lollobrigida (inacabado…), hay que citar entre los filmes de Orson Welles el Don Quijote, rodado en agosto, septiembre y octubre de 1957 en México. Veremos a Welles en él contar a Patty McCormack tres episodios (de 27 minutos cada uno), de la novela de Cervantes, en versión actualizada: Don Quijote acometiendo contra la pantalla de un cine para defender a la heroína del film proyectado; defendiendo al toro contra el picador en una corrida de toros, y haciendo arremeter a Rocinante contra una potente excavadora. Un último episodio, aún no rodado, mostrará la explosión de la bomba H.

De entre las ruinas surgirán Don Quijote y Sancho Panza, símbolo de la indestructibilidad de las nobles ideas. Además de Welles (como el propio Orson Welles) y Patty McCormack (que hace las veces de Dulcinea), el reparto comprende a Akim Tamiroff (Sancho Panza) y Francisco Reiguera (Don Quijote). El film ha sido rodado en México, Puebla, Tepozlán, Texcoco y Río Frío. Ha sido producido por Óscar Dancínger”. Esta película no ha sido prácticamente vista nunca. ¡Qué buena noticia sería el poder estrenar lo que fuese filmado en este 400 centenario! En la entrevista que sirve de base al libro de Bazin, éste le pregunta a Welles: ¿Es un Don Quijote moderno? -Sí, en parte –le responde-. El anacronismo de Don Quijote con respecto a su época ha perdido toda eficacia hoy, porque la gente no tiene demasiado claras las diferencias entre el siglo XVI y XIV. Lo que se ha hecho entonces es traducir ese anacronismo a términos actuales, pues ellos, Don Quijote y Sancho Panza, son eternos. En el segundo volumen de Cervantes, cuando Don Quijote y Sancho Panza llegan a algún lugar, las gentes suelen exclamar: “¡Mira, Don Quijote y Sancho Panza”; he leído el libro que habla de ellos!”. Cervantes les ha dado pues una dimensión festiva, como si fueran dos criaturas de ficción que al propio tiempo son más reales que la vida misma. Mi Don Quijote y mi Sancho Panza están exacta y tradicionalmente sacados de Cervantes, pero actualizados”. El director de Ciudadano Kane (1940) ha sido el único que ha intentado actualizar el libro de Cervantes que, seguramente, por esa eternidad de la que nos habla el cineasta y por la que igualmente disciernen Ortega y Gasset, Unamuno o Azorín, es posible acometerlo sin que se produzcan duelos y quebrantos.

Sin embargo, todos los directores cinematográficos que se han aproximado a la obra del español han preferido mostrar a Don Quijote y Sancho Panza recorriendo los parajes manchegos de su tiempo, tanto los no españoles como los españoles. “Tarea es la de pintar a Don Quijote, harto más difícil que la de hinchar un perro –escribe Miguel de Unamuno en 1944 (“El Caballero de la Triste Figura”, Espasa Calpe)-, y empresa de las más dignas de pintor español. No es de ilustrar la obra imperecedera de Cervantes, sino de vestir de carne visible y concreta un espíritu individual y vivo; no mera idea abstracta; empeño nunca tan oportuno como ahora en que anda por esos mundos de Dios revolviéndose y buscando postura el simbolismo pictórico”. Pues bien, esta pintura en imágenes que se ha hecho en los países forasteros a la nacionalidad de “El Quijote” -¡como si pudiéramos definir a la obra de Cervantes de extranjera o de cualquier parte o época!- ha sido desigual, aunque todas las versiones cinematográficas se han limitado a contar algunas de las aventuras más conocidas del libro, por ser las más fáciles de narrar y las más comerciales, si atendemos al público que las iba a ver. Don Quijote, en personajes reales y en animación, ha cabalgado, que nosotros sepamos, en México, Rusia, Estados Unidos, Francia, Dinamarca, Yugoslavia, Italia y, por supuesto, España (el país con más versiones filmadas).

Directores como G.W. Pabst, Grigori Kozintsev, Roberto Gavaldón, Arthur Hiller, Vincent Sherman, Emile Cohl, Claude Morlhon, Lauritzen Fuglang, Vlado Kristl, Maurice Elvey y Gianni Grimaldi dirigieron películas sobre la obra que hace cuatro siglos presentaba Cervantes a los lectores de la época. Respecto a los españoles, además de los mencionados al principio del trabajo, Rafael Gil, Luis Arroyo, José María Blay, Carlos Fernández Cuenca, Eduardo García Maroto, Vicente Escrivá, Ramón Biadíu, Manuel Gutiérrez Aragón, Cruz Delgado y Luciano G. Egido. Comencemos por George Wilhelm Pabst, el gran cineasta alemán del periodo mudo y sonoro (autor, entre otras películas, de La caja de Pandora, 1928; Tres páginas de un diario, 1929; y Cuatro de infantería, 1930) que filma en Francia Don Quichotte en 1933, siguiendo una adaptación de Paul Morand que él mismo y Alexandre Arnoux convierten en guión. La interpretación del hidalgo manchego corre a cargo del actor y cantante ruso Fedor Chaliapin y la de Sancho Panza del francés Dorville (se hizo una versión inglesa en la que éste era sustituido por G. Robey). En su época fue muy celebrada, sobre todo gracias a la interpretación de Don Quijote, muy en el estilo stanislasvkiano de la época. Según Manuel Villegas López (“Cine francés”. Editorial Nova. Buenos Aires, 1947), aunque “Se trata de una obra difícil de abordar desde cualquier dirección, Pabst logra un ballet, una farsa, una ópera cantada por Fedor Chaliapin. Carece de ambiente, como L’Atlantida, lo que perjudica al film, a pesar de sus grandes aciertos”.

Otro historiador, el francés Georges Sadoul (Dictionaire des Films. Editions du Seuil. París. 1965) dice de la película de Pabst que es “De bellas imágenes, pero muy fría y áspera. Destacamos el ataque de los molinos de viento y la quema de libros”. Más jocosa es aún la producción danesa Don Quijote de la Mancha, filmada en España durante 1927. Juan Antonio Cabero, en su libro “Historia de la Cinematografía Española 1896-1947 (Gráficas Cinema. Madrid 1949), escribe lo siguiente a propósito de esta película: “Esta vez le tocó el turno a la Palladium Film de Copenhague, la cual bajo la dirección de Lau Lauritzen y como principales intérpretes a “Pat” y “Patachón”, célebres actores cómicos, uno por su aventajada estatura y otro por su ridícula pequeñez, se encaminaron a España con el fin de llevar a cabo su obra, y una vez en nuestra Península, a la Mancha, donde comenzaron su labor”. Don Quijote era Carl Schenström “Pat”; Sancho Panza Harold Masen “Patachón”; Dulcinea, Marina Torres y Luscinda, Carmen Toledo, entre otros actores. Roberto Paolella en su “Historia del cine mudo” (Editorial Universitaria. Buenos Aires. 1967) asegura que se trata de “Una versión humorística, reducida a las modestas proporciones de una fábula ilustrada para fiesta de Navidad, si bien, en su conjunto, no resulte exenta de humor cinematográfico”.

Don Quijote en dibujos animados

Mucho antes que a Pabst y Lauritzen, fuera de nuestras fronteras, Don Quijote ya había interesado a otros autores, como por ejemplo a Emil Cohl, el inventor de la animación cinematográfica. Al francés se le debe el primer dibujo animado de la Historia del Cine sobre El Caballero de la Triste Figura, Don Quichotte, filmado en 1909 para la productora Gaumont. El citado Paolella dice que se trata de una “Reconstrucción rápida y esencial que en el dibujo recuerda a las figuritas talladas por Caran d’Ache: los molinos, el caballo famélico, las mujeres del vecindario…”.

De personajes reales es otra temprana obra francesa titulada Don Quichotte, filmada por Camilla de Morlhon para la productora Pathé en 1911. Claude Garry hacía el papel del hidalgo manchego. Tenía 1.150 metros, es decir, apenas 40 minutos de metraje. Carlos Fernández Cuenca en su “Historia del Cine” (Editorial Afrodíseo Aguado. Madrid. 1949) recuerda que “Un crítico español, Andrés Pérez de la Mota, en la revista Arte y Cinematografía del 31 de enero de 1913 censuraba “Los lugares falsos, los tipos mal estudiados, los cuadros de ningún valor positivo” para concluir que “Ni hay belleza moral, ni sabemos a qué viene Don Quijote en la película”. También del periodo mudo es otro argumento sobre el héroe cervantino, esta vez dirigido por Maurice Elvey en 1923, con título similar a los otros: Don Quixote.

Mucho más reciente es la versión de Arthur Hiller, El hombre de la Mancha (1972), el primer musical que se filma sobre el personaje manchego. Se trata, en realidad, de una adaptación de una obra de Broadway conocida como Man of Mancha -letra de Dale Wasserman y música de Match Leigh- que se estrenó en 1965 como tal y siete años después en el cine, con producción United Artists. Peter O’Toole, James Coco y Sophia Loren son, respectivamente, Don Quijote, Sancho Panza y Dulcinea. Dale Wasserman ha justificado así su obra: “Cuando la empecé, me proponía hacer de ella una sátira, un comentario ligeramente cínico sobre la capacidad humana de engañarse a sí mismo. Para mi sorpresa, las páginas que surgían de la máquina de escribir no decían tal cosa, sino que convergían sobre mí en una ardiente defensa de la ilusión como la fuerza que sostenía la vida; de las visiones como la función más significativa de la imaginación del hombre, hasta que un día buscando un credo que el Quijote pudiera pronunciar, escribí estas líneas: Soñar el sueño imposible. Combatir el enemigo invencible… Dos veces saqué este parlamento de sobra –demasiado fantástico, demasiado ampuloso pensé- y dos veces, impulsado por una fuerza ajena a mi voluntad, lo volví a poner: El Hombre de la Mancha había empezado a escribirse él mismo, y yo era incapaz de intervenir”.

Mención aparte merece el Don Quichotte de Gregori Kozintsev, al que le dedicamos en la última parte de la revista una referencia especial al reproducir el catálogo original que los productores de la película (los Estudios Lenfilm) confeccionaron para su presentación en el Festival de Cannes de 1957. Es una de las mejores versiones, además de una de las primeras películas soviéticas que entraron a España en la época de la Dictadura franquista, distribuida por Suevia Films en 1965. El comentario siguiente fue escrito para su presentación: “Con la inmortal obra de Miguel de Cervantes, la cinematografía rusa ha hecho una cuidada versión que ha merecido en todo el mundo los mejores elogios; tanto para la celebérrima obra como para el buen gusto y el máximo respeto que han guardado a la versión literal del caballero andante. Innecesario es contar aquí la historia, sus aventuras y desventuras, conocidas afortunadamente por todos y que ha dado la vuelta al mundo. Lo que es de agradecer es que la cinematografía rusa haya tomado con tanto cariño este “entuerto” y lo haya conducido a tan buen puerto como representan los premios que ha conseguido y la magnífica acogida dispensada en todos los países en donde se ha proyectado. Todo ello lo consideramos un halago muy de agradecer. A este “Quijote”, hidalgo de los de lanza en astillero, solo le falta el espaldarazo de sus compatriotas. El público español tiene la palabra”. La película de Kozintsev fue acogida con simpatía y hasta con cierto éxito en la España de entonces, alabándose la interpretación de Nikolaï Tcherkssov (Don Quijote) y Youri Toloubéev (Sancho Panza) y la ambientación y decorados de E. Eneï y A. Altman, que habían contado con la asesoría artística del escultor toledano, exiliado en Moscú, Alberto Sánchez.

El Quijote visto desde España

“Salvo en la versión de Don Quijote de Rafael Gil, no ha estado el cine español a la altura de Cervantes”. Esto lo escribe Luis Gómez Mesa en su libro “La literatura española en el cine nacional” (Filmoteca Nacional de España. Madrid. 1978).

Ya hemos visto que la primera versión de la célebre obra se remonta casi a principios del nacimiento del cine y que los directores la despacharon en 250 metros (apenas cinco minutos de metraje). Precisamente, debido a la dificultad que entrañaba para la cinematografía española anterior a los años cuarenta, abordar un tema tan denso y una ambientación tan difícil y cara –tanto por los costos que suponía filmar en escenarios interiores como por la ubicación de los exteriores-, el cine español se conformó con filmar un documental en 1935 conocido como La ruta de Don Quijote, dirigido por Ramón Biadiu. La producción y distribución corrió a cargo de Cifesa. “Esta primera realización de Biadiu sobre el Hidalgo Manchego -se lee en la publicación “Noticiario Cifesa” del 10 de noviembre de 1935-, es una poética visión de aquellas rutas que por las anchas tierras de Castilla siguiera Don Quijote a lomos de su flaco Rocinante para ver palacios en lo que eran ventas, gigantes en los molinos de viento, princesas en las mozas de los mesones, fieras terribles en las manadas de corderos. Una evocación de aquellos lugares es este documental que ha merecido el honor de ser elogiado por la crítica de Francia y Suiza, naciones ambas en las que ya se ha dado a visionar (…). En una palabra: Biadiu, catalán de pura cepa, ha hecho en este documental el más fervoroso canto de Castilla”.

También documental es Los caminos de Don Quijote, filmado en 1961 por Luciano G. Egido, con música de Regino Sainz de la Maza y aguafuertes de Picasso. Luis Gómez Mesa nos recuerda algunos Quijotes cinematográficos españoles más en su libro citado: el del director Eduardo García Maroto que en 1961 filma el mediometraje Aventuras de Don Quijote, con el escritor Ángel Falquina en el papel del hidalgo y el simpático gordinflón Ángel Álvarez en el de su escudero (“Estos dos ángeles de nuestro cine –escribe Gómez Mesa- incorporaron ya esos personajes en Leyenda rota -1939-, con guión de Manuel Abril, dirigida por Carlos Fernández Cuenca”); y Sueños de historia, en donde el documentalista de temas taurinos y realizador José H. Gan, evoca en dos relatos el descubrimiento de América por Cristóbal Colón y varios episodios de “El Quijote” compendiados para ser vistos por un público infantil. Coproducción entre España y México es la del título Don Quijote cabalga de nuevo, filmada durante 1972 en tierras manchegas por el director mexicano Roberto Gavaldón e interpretada por Fernando Fernán Gómez en el papel de Don Quijote y Mario Moreno “Cantinflas” en el de Sancho. Una película montada para lucimiento del cómico mexicano, cuya “Comicidad tosca y procaz de pueblerino vago y chanchullero que lo caracterizaba” (Jorge Grau, “El actor y el cine”, Editorial Rialp. Madrid. 1962) chocaba frontalmente con la vocalización más austera y elegante del actor español y con el recogimiento sobrio, propio de la idea que tiene nuestro héroe del mundo, y que Fernán Gómez interpreta de manera sentida y arrolladora, sujetada, para no desbocarse, por su recio carácter de actor; todo lo contrario del mexicano que exhibe, como potro desbocado, un rosario de gestos, hipérboles, y burlas que rompe en pedazos el esquema de inteligencia y bondad que Cervantes otorga al escudero. Los dos humanos personajes -¿de ficción o de verdad y hueso?- de los siglos XVI-XVII, grandes, universales, eternos, contemporáneos de cualquier tiempo y época, han servido igualmente para ser filmados en celuloide de animación.

Nos quedamos con el mejor de todos, hasta la fecha, el dirigido con muchas dificultades económicas por el español Cruz Delgado en 1979 con el título de Don Quijote, pero que logró plasmar una decena de capítulos por el método clásico de filmación dibujo a dibujo, lo que hizo ingente el número de cuartillas utilizadas, de tiempo empleado y de dinero –que se quedó cortogastado. Sin embargo, el resultado es más que meritorio y sigue siendo un clásico de nuestro cine de animación. Al igual que un valiente imitador, por el apellido y por su afán de desfacer entuertos. Me estoy refiriendo al segundo dibujo animado de la historia del cine español conocido por Garbancito de la Mancha, que dirigió entre noviembre de 1942 y mayo de 1945 -¡dos años y medio!- Arturo Moreno y José María Blay. Fue una película que obtuvo un apoyo importante por parte del Estado español, hasta el punto de que fue premiada por el Sindicato Nacional del Espectáculo con 250.000 pesetas. Garbancito no es Don Quijote -aunque se aprovecha de su fama y del apellido-, sino un niño valiente que es acosado por tres pécoras infantiles llamados Pelanas, Manaza y Pajarón.

En fase de producción se encuentra en estos momentos el Donkey.Xote de Filmax, que dirige Josep Pozo con guión de Ángel E. Pariente. El dibujo animado, en clave de humor, se vincula sobre todo a Rocinante, que pasa a ser un personaje de primera, a igual que su dueño, Don Quijote.

Aldonza Lorenzo o Dulcinea del Toboso

Como hemos visto, las películas dedicadas al libro de Cervantes están centradas principalmente en el hidalgo y su escudero. Muy pocas, sin embargo, se le han consagrado a Dulcinea. La obra literaria del francés Gaston Baty da lugar a dos Dulcineas españolas que se llevan 17 años de diferencia. La de Luis Arroyo (1946) y la de Vicente Escrivá en 1963. En la del primero, la amada de Don Quijote (cuyo personaje solo es mencionado en ambas películas, pero no aparece en ningún momento) es interpretada por tres actrices diferentes: Ana Mariscal, María Alcalde y Concha López Silva; a los otros personajes importantes les dan vida Manuel Arbó (Sancho Panza), Carlos Muñoz (el Enfrailado) y José Jaspe (Chiquizbaque). La película, que fue declara de “interés nacional”, costó 275.000 pesetas de la época, tardó casi tres meses en rodarse –desde el 14 de febrero al 3 de abril de 1946- y alcanzó un relativo éxito tras estrenarse en el cine Capitol de Madrid el 9 de junio de 1947.

La obra de Baty se resume de la siguiente manera en la película: “En la Audiencia de Toledo se celebra un juicio contra Aldonza Lorenzo, a la que la multitud acusa de hechicera. Cuando declara el primer testigo, la acción pasa a la época en que Aldonza era una ignorante moza de servicio en la Venta del Toboso. Un día llega Sancho con una carta de amor, de su señor Don Quijote, para la imaginaria princesa Dulcinea. La gente de la venta, para divertirse, gastan a Aldonza la broma de hacerla creer que aquella misiva es para ella y la moza se transfigura y eleva su alma a la altura que tiene Dulcinea en la mente de Don Quijote. Cuando éste muere, Sancho, para consolarla, le dice que su señor ha dispuesto, en su última voluntado, que ella continúe su obra de socorrer a los menesterosos y enderezar entuertos. Aldonza sigue su consejo, contra la incomprensión de la gente. Sufre el natural quebranto espiritual y pide al oidor que la deje salir a entregarse a la multitud que reclama su muerte creyéndola hechicera. Las turbas se apoderan de ella y muere quemada en la plaza como una heroína de leyenda” (extracto de la sinopsis oficial aprobada por la censura de la época). “Y ahora, Don Quijote mío –escribe Miguel de Unamuno en “Vida de Don Quijote y Sancho”. Editorial Espasa Calpe. Madrid. 1938)- , llévame a solas contigo, porque quiero que hablemos corazón a corazón y lo que ni a sí mismos osan decirse muchos. ¿Fue de veras tu amor a la gloria lo que te llevó a encarnar en la imagen de Dulcinea a Aldonza Lorenzo, de la que un tiempo anduviste enamorado, o fue tu desgraciado amor a la bien parecida moza labradora, aquel amor que “ella jamás lo supo ni se dio cata de ello” el que se te convirtió en amor de inmortalidad?”. Don Miguel se da cuenta de este destello de locura cuerda que aflora en la timidez de Don Quijote, y, por ello, le aconseja: “Mira, mi buen hidalgo, que yo sé cómo es la timidez dueña del corazón de los héroes, y bien se ve en ver cuando ardías en deseo de Aldonza Lorenzo, cómo no te atreviste nunca a requerirla de amores. No pudiste romper la vergüenza que te sellaba, con sello de bronces, los labios”. Tal vez por eso, Gaston Baty remienda el entuerto y saca a Dulcinea de la negrura de los ensueños de Don Quijote para darle vida propia, de mártir casi como Juana de Arco. En la de Vicente Escrivá, por el contrario, solo hay una protagonista, la entonces popular actriz norteamericana Millie Perkins por su papel en El diario de Ana Frank (George Stevens, 1959). Los personajes principales los personifican gentes del libro de Cervantes, o inventados por Baty: Folco Lulli hace de Sancho, Cameron Mitchell de El Renegado y Walter Santeso de Diego. La ambientación y los decorados, como se puede suponer, son fundamentales en la filmografía quijotesca; en la de Arroyo corrían a cargo de Simont y Escriñá, y en la de Escrivá eran de Enrique Alarcón, ofreciéndonos éste una variante más de las viejas casonas y ventas manchegas que ya había dibujado para la película que Rafael Gil rueda sobre el héroe manchego.

Y para rizar el rizo, podemos citar una tercera película basada en la simpar Dulcinea, la que el director y decorador francés Carlo Rim rueda en España en 1967, para ser emitida por televisión, con coproducción de tres países: España (Hispamer), Francia (Franco London) y Alemania (Friedrichshaven). En realidad se trata de dos capítulos titulados Don Quijote el primero y Dulcinea del Toboso el segundo, siendo sus principales intérpretes Josef Meinrad, Roger Carel, Fernando Rey y María José Alfonso. “En el Quijote, por una paradoja genial, la fantasía descarriada se convierte en realidad bienhechora”. dice Azorín (“El Cine y el Momento”, Editorial Biblioteca Nueva. Madrid. 1953). Y sigue escribiendo: “El epílogo en que Don Quijote se arrepiente, no cuenta: vale la ensoñación continuada y ardiente”. Eso parece entender Rafael Gil cuando filma para Cifesa en los hoy desaparecidos estudios madrileños de Sevilla Films su Don Quijote de la Mancha en 1947, con uno de los equipos artísticos y técnicos más preparados y mejor pertrechados de aquellos años de falta de todo en el cine español (que, recordemos, estaba en la lista negra de las potencias aliadas por su apoyo a Hitler y Mussolini). Antonio Abad y el propio Rafael Gil adaptaron a Cervantes, cuyo Don Quijote era interpretado por Rafael Rivelles y Sancho Panza por Juan Calvo; en papeles destacados estaban Fernando Rey (Sansón Carrasco), quien en el final de su carrera hará de Don Quijote en la serie que Manuel Gutiérrez Aragón rueda en 1990 para Emiliano Piedra y RTVE; Manolo Morán (Barbero), Sara Montiel (Antonia), Juan Espantaleón (Cura), Guillermo Marín (Duque), Nani Fernández (Dorotea) y José María Seoane (Cardenio). En el equipo técnico sobresalían Alfredo Fraile (operador), Enrique Alarcón (bocetista y ambientador), Enrique Bronchalo (constructor de decorados), Francisco Puyol (maquillador), Comba y Torres de la Fuente (diseño de vestuario) y Humberto Cornejo (sastrería). La música fue creada por el gran compositor español Ernesto Halfter. “Cifesa Producciones –se lee con rimbombante acento en el catálogo de presentación de la película- tiene por honor el más alto de su historia y trofeo más valioso y estimado de su marca el lanzar al mundo la edición cinematográfica de DON QUIJOTE DE LA MANCHA.

Esta vez son españoles quienes, humildemente, con todo respeto, con toda dignidad y con acendrado entusiasmo, prodigando unos medios y unos esfuerzos como nunca hasta hoy se prodigaron en tal esfuerzo, vienen a exaltar la figura del Caballero del Ideal, para que la cinematografía se ufane con ésta que, dada la intención de sus realizadores, venga a ser la “Edición Príncipe” de la obra inmortal en los anales del Séptimo Arte”. La implicación y apoyo del Estado español en la película de uno de los directores más profranquistas de aquellos años fue total y se descubre en diversos detalles de la producción: fue tolerada para menores de 17 años; recibió la clasificación de primera categoría a efectos de importación de películas extranjeras; fue premiada por el Sindicato Nacional del Espectáculo con 400.000 pesetas (el máximo que se podía otorgar); fue declara de interés nacional; y se le concedió un crédito del Sindicato Nacional del Espectáculo de 1.904.628,40 pesetas. El rodaje de Don Quijote de la Mancha duró nada menos que seis meses (del 7 de mayo al 11 de octubre de 1947) y se estrenó en el cine Rialto de Madrid el 2 de marzo de 1948. “Don Quijote puede significar dos cosas muy distintas: Don Quijote es un libro y Don Quijote es un personaje de ese libro. Generalmente lo que, en bueno o mal sentido se entiende por “quijotismo”, es el “quijotismo” del personaje”. José Ortega y Gasset en “Meditaciones del Quijote” (Editorial Calpe. Madrid. 1922) acierta en esta distinción que no ha sido siempre tomada en cuenta por los cineastas que han abordado la obra de Cervantes, tan difícil –por no decir imposible- de llevar al cine si no se respeta esta singularidad: “La figura de Don Quijote –sigue escribiendo-, planteada en medio de la obra como una antena que recoge todas las alusiones, ha atraído la atención, exclusivamente, en perjuicio del resto de ella, y, en consecuencia, del personaje mismo”.

Quizá éste sea el error que también comete Manuel Gutiérrez Aragón en las dos películas que ha filmado sobre el héroe de Cervantes: Don Quijote (1988) y El Caballero Don Quijote (2002). Menos interesante esta segunda, interpretada por Juan Luis Galiardo y Carlos Iglesias en sus principales papeles. En cambio, El Quijote por capítulos que rueda para RTVE es más ambiciosa, aunque excesivamente tópica. Se detiene fundamentalmente en el personaje del hidalgo, y pasa, a veces de puntillas, por las incidencias históricas de su tiempo, conformándose con mostrar la piel de los principales personajes de la obra, sin ahondar en su sangre y en sus arterias. Camilo José Cela es el autor del guión, excesivamente rectilíneo en la presentación de sus aventuras, dejando a un lado –no sabemos si por “pago de peaje” al medio para el que se filma o por no conseguir extraer el meollo al libro-, ese “Don Quijote escudriñador de reconditeces” (Unamuno, “El Caballero de la Triste Figura”. Espasa-Calpe. Buenos Aires. 1944). Las películas de Gutiérrez Aragón tampoco son las definitivas, es decir sigue faltando ese Don Quijote cinematográfico de gran calado que se resiste a ser filmado, aunque el del realizador santanderino está muy bien fabricado desde el punto de vista de la ambientación, y bien interpretado por Fernando Rey (Don Quijote), Alfredo Landa (Sancho Panza), Francisco Merino (Cura), Manuel Alexandre (Barbero), Emma Penella (Teresa Panza), Fermín Reixach (Cardenio) y Aitana Sánchez Gijón (Dorotea). En esta película, que lleva música de Lalo Schifrin, fotografía de Teo Escamilla, y escenografía de Félix Murcia, aparece Cervantes como protagonista, en la piel del actor José Luis Pellicena. Esta intrusión en un Don Quijote cinematográfico no es la primera vez que se produce, pues ya había aparecido en Don Quijote cabalga de nuevo, interpretado por Javier Escrivá y en El hombre de la Mancha, donde lo encarna Peter O’Toole (que también hace el papel de Don Quijote). El propio autor de la obra es el personaje principal de las películas de Alfonso Ungría y Vincent Sherman-Isidoro M. Ferry. La del español (Cervantes, 1980) es una producción filmada para RTVE con Julián Mateos (el escritor), Carlos Lucena y Carmen Maura.

La de Sherman-Ferry, titulada también Cervantes (1968), y rodada en 70 mm, cuenta con la actuación del actor alemán Horst Buchloz y Gina Lollobrigida en el papel de una enamoradiza italiana. “Grave error la elección para el papel de Cervantes la del actor alemán –escribe Luis Gómez Mesa en la obra ya citada-, que, no obstante su mejor voluntad, no supo entender su psicología”. Y es que Don Miguel de Unamuno llevaba más razón que un santo al decir eso de que a nuestro hidalgo era muy difícil de escudriñar en su reconditez.

 

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