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¡Con argumento taurino!

Por Jordi Grau

(Publicado en AGR 23 - Otoño 2003)


Los “toros”, son un espectáculo fascinante, extraño, único, posiblemente porque no son un espectáculo sino algo más, bastante más. Esto no lo entienden la mayoría de los turistas que acuden a las plazas, ni los adictos a los alimentos “light” que, a fuerza de no contener microbios carecen también de vitaminas. Tampoco los hermanos Lumière, en 1895, sabían nada sobre el misterioso significado de la fiesta taurina, para ellos era tan solo un espectáculo con el que atraer al público y ganar dinero. Y ésa fue la razón por la que, un año después de la primera proyección cinematográfica, mandaron a Madrid a su mejor cámara –Albert Promio– para que rodase escenas taurinas y las proyectase en los bajos del Hotel Rusia, en la madrileña Carrera de San Jerónimo. Es decir, que los toros saltaron a la pantalla con el mismo nacimiento del Cine, o casi. Los espectadores de las barracas de feria que asistían a las proyecciones del nuevo y prodigioso invento, podían contemplar breves episodios del mundo taurino, producto de la curiosidad y el sentido del oportunismo de aquellos inquietos técnicos o comerciantes, alguno de los cuales llegó a rodar corridas enteras que luego vendía o alquilaba a los aficionados, a los dueños de las entonces improvisadas salas de proyección. Se trataba de cintas breves, de apenas dos minutos de duración, simples testimonios de las corridas, aunque algunas alcanzaran categoría de documento.

Pronto llegaron las primeras películas propiamente dichas, películas “de ficción” con argumento taurino como Tragedia torera (1909), rodada a principios del siglo veinte por Narciso Cuyas, cuya duración era ya de doce minutos. Incluso Segundo de Chomón, el pionero aragonés afincado en París, llegó a trabajar en un proyecto taurino-cinematográfico titulado La corrida de toros o la desgracia de Sabañón (1910), que sin embargo no llegaría a realizar. El cine estaba de moda y aparte de obras geniales como las de Georges Meliés, adaptaciones de obras teatrales, o exhibiciones de cómicos famosos, el ambiente taurino no dejaba de atraer a los empresarios y a las incipientes estrellas del Séptimo Arte. El propio Max Linder hizo sus pinitos taurinos con Max toreador (1912) e incluso la mítica “Musidora” se atrevió a producir, dirigir y protagonizar Soleil et Ombre (1920) con el rejoneador Antonio Cañero como antagonista. Todo el mundo quería aprovechar el tirón del nuevo espectáculo –el cine– que, aparte su exotismo, permitía mostrar una mítica fiesta –los toros– convirtiéndola en imágenes insólitas y atractivas.

Baste señalar que un director y autor de teatro tan prestigioso como Adriá Gual se puso detrás de la cámara para rodar Linito se hace torero (1915), aunque con escasa fortuna. No hay que olvidar tampoco las interesantes experiencias de solventes profesionales como Fructuoso Gelabert, Ricardo de Baños, José Buchs, o el mismísimo Vicente Blasco Ibáñez, que dirigió su ya entonces famosa novela Sangre y Arena (1918), aunque fuera a requerimiento de un avispado productor que supo ver el posible negocio, que efectivamente resultó ser.

 

POSIBILIDADES PLÁSTICAS


Aficionados o no a “La Fiesta”, ¿alguno de esos productores o directores pretendía ahondar en el misterio o la razón de ser de un acontecimiento tan insólito como son las corridas de toros? No creo, o más bien me atrevo a asegurar que no, sino que les atraían tan solo las posibilidades plásticas y la singularidad narrativa que el hecho
taurino ofrecía –y habría que añadir que todavía ofrece-, su atractivo visual, dramático y espectacular. Se trataba de explotar el sugerente clima taurino uniéndolo a la fama de actores conocidos o a la presencia de toreros famosos cuyo nombre pudiera atraer a los curiosos espectadores. Una operación comercial en suma, sin desdeñar por ello la mayor o menor calidad que pudiera tener cada uno de esos proyectos.

No pongo en duda –sería estúpido hacerlo-, la penetración, lucidez y eficacia de Vicente Blasco Ibáñez al reflejar un drama social y también humano en el personaje de Juan Gallardo de Sangre y arena y el acierto de elegir para ello al escenario taurino como marco adecuado, pero habrá que reconocer que en su novela –y en todas las películas que la misma ha generado después-, los toros no son mas que el catalizador de un conflicto humano, un fondo brillante y sugestivo. No olvidemos que el mismo Blasco Ibáñez había definido su novela como “Psicológica”. Lo mismo podría decirse de Currito de la Cruz (1925), de Alejandro Pérez Lugín –que también dirigió la primera versión cinematográfica de su novela-, o de "The Sun Also Rises", de Ernest Hemingway, que sería llevada al cine por Henry King en 1957 –y que se estrenó en nuestros cines con el título de Fiesta -, así como la Carmen, de Próspero Merimeé, que tantas versiones fílmicas ha merecido. En todas ellas la “Fiesta Brava” ha servido de condimento sabroso –y a veces determinante– para historias con enjundia propia que muy bien pudieron desarrollarse en otros ámbitos, como ocurre, por ejemplo, en la Carmen Jones (1954), de Otto Preminger, ambientada en el caribe e interpretada íntegramente por actores de color, y en la que el personaje del torero creado por Próspero Merimée es transformado en boxeador famoso o en Charlie Chaplin´s Burlesque of Carmen (1916), en la que se suprimieron posibles apariciones taurinas.

Sirvan estos ejemplos como prueba de que en las obras de contenido humano que han utilizado los toros como ingrediente ambiental, lo importante no son los toros, sino su propio contenido, sea éste social o simplemente dramático. No faltan, lógicamente, películas que, inspiradas en el hecho taurino, hayan sabido reflejar aspectos parciales del mismo y otorgarle rango de protagonista específico. Tal es el caso de Torero (1955), que analiza el miedo, y el tremendo esfuerzo para superarlo que llevan a cabo los matadores de toros, empujados por la necesidad, la ambición o tal vez un oscuro deseo de alcanzar la gloria. En esta cinta, rodada en México por el documentalista español Carlos Velo -con la anónima colaboración, según dicen, de Josep Losey, perseguido en aquel entonces por comunista en Estados Unidos y refugiado en la  vecina nación Mejicana-, podemos asistir a importantes faenas de toreros como Luis Procuna, Manolete o Carlos Arruza, rodadas con seriedad y eficacia, aparte de admirar la interpretación del torero Luis Procuna –que ya sabía lo que era actuar ante las cámaras por experiencias anteriores-, transmitiendo vivencias propias, las que, en realidad, habían inspirado la realización de la propia película.

El mismo tema –el del miedo y su superación– pero no basado en vivencias reales sino en obras literarias, originó también dos películas notables: The Brave Bulls (1950), de Robert Rossen –sobre un texto del pintor Tom Lea- y Los clarines del miedo (1958), de Antonio Román, apoyado en la novela del mismo título de Ángel María de Lera. En ambas se profundiza sobre el riesgo, la ambición, el éxito y el fracaso humano, tomando al torero como símbolo de la lucha esencial del hombre por alcanzar los límites de la propia existencia, un propósito posiblemente ignorado por los mismos toreros. Se trata de novelas –y películas– de profundo calado, como lo fuera la misma Sangre y arena, sobre todo en la versión que realizara Fred Niblo en 1922, con Rodolfo Valentino como protagonista.

 

“CIVILÓN”, FLAHERTY Y DALTON TRUMBO


En caso curioso de tema taurino basado probablemente en una historia real, es el de The Brave one, que obtuvo incluso el Oscar al mejor argumento original en 1957. Dicho argumento, atribuido a un tal Robert Rich, cuenta la relación entre un niño y un toro, una idea del célebre documentalista Robert J. Flaherty titulada “My friend Benito”, ambientada en una ganadería de reses bravas. Aunque no poseo datos para afirmarlo rotundamente, no sería de extrañar que un hombre tan inquieto como Flaherty hubiera tenido noticia del caso real del toro “Civilón”, el cual habiéndose dañado una pata en el campo, fue cuidado por la hija del ganadero, dándole incluso la comida con sus manos hasta que tuvieron que llevarlo a una ciudad –a Barcelona– para que fuera lidiado en la plaza. La noticia de semejante historia conmovió sentimentalmente al público barcelonés, que solicitó –y consiguió– que indultaran al ya famoso toro “Civilón”. The Brave One fue realizada por Irving Rapper y, como era de esperar, el aspecto sentimental de la trama mereció, como queda dicho, el Oscar al mejor argumento, atribuido a Robert Rich. Éste, sin embargo, no compareció cuando fue llamado para recibir el premio. Ni él ni nadie, ante el estupor general. En realidad, el tal Robert Rich no existía: no era más que un seudónimo utilizado por Dalton Trumbo, perseguido también por sus ideas políticas por la justicia americana y que, por lo tanto, se vio obligado a mantenerse en el anonimato. Cabe destacar la aportación de Luis García Berlanga a la iconografía pseudotaurina, al convertir una capea de pueblo en todo un símbolo de la Guerra Civil Española, pues La vaquilla (1984) es mucho mas que el episodio humorístico costumbrista que podría parecer, en una primera lectura, superficial. En el polo opuesto estaría Matador (1985), en el que Pedro Almodóvar utiliza de forma evidente la relación entre toro y torero para expresar el juego del amor entre seres humanos, el difícil equilibrio entre el Amor y la
Muerte. ¿Reflejan estas películas –por interesantes que sean-, como The Brave one o Sangre y arena lo que ocurre en el ruedo de una plaza de toros?
Evidentemente, no. Parece como si el hecho taurino, en sí mismo, no haya sido entendido por el mundo del cine más que como espectáculo vistoso o, en los mejores casos, como aproximación a alguno de sus aspectos marginales, aparte de la simbología a que su plasticidad invita. Juan Antonio Bardem denunció la corrupción, los intereses económicos del entorno taurino en su película A las cinco de la tarde (1961); Marcel Hanoun, en La muerte del ,toro (1960), trató de reflejar los aspectos violentos de la corrida; Denys Colom de Durant por el contrario, compuso un bellísimo ballet con imágenes de toros y toreros rodados a cámara
lenta; Francesco Rossi pintó al torero como víctima de la sociedad (El momento de la verdad, 1965)... Imágenes de corridas, siempre; participaciones de toreros a la moda, también; documentales, muchos, a veces tan interesantes como las películas e incluso más; intentos de mezclar documento y ficción como en Tarde de Toros (1956), de Ladislao Vajda; retrato de personajes de segundo plano en la fiesta, como Le Picador (1932), de Jacquelux o El Monosabio (1977), de Ray Rivas.

 

“LA PIEL DE TORO”


Lo mismo rodé El espontáneo (1964) basándome en una frase del poeta José Bergamín, el cuál afirmaba que el español, en la vida, era –o quizás sigue siendo– como el “Espontáneo” en los toros: alguien que se arriesga a las mayores empresas sin preparación ninguna, empujado por la ambición o por la miseria, y amparado en la más temeraria de las ignorancias. En El espontáneo no traté de hacer una película “de toros” -aunque como tal figure ya en algunas antologías-, sino de expresar el inquietante drama momentos bellos, en el mejor de los casos. Las películas de ambiente taurino son espectáculo, testimonio, información, documento. Pero la emoción que podemos sentir en ellas, cuando se produce, es debida a motivos ajenos a ese sentimiento esencial y misterioso que constituye la verdadera razón de ser de la Fiesta.

Ésta es la deuda del cine – sobre todo la deuda del cine español- con ese hecho mágico, fascinante y vivo que todavía perdura en las corridas de toros, a pesar de todo: a pesar de las descalificaciones que le llegan todos los días desde la más violenta de las ignorancias, la sensiblería hipócrita de los humanistas formados en la sacristía de “Internet”, o los golpes bajos de comerciantes aprovechados que sólo ven en los toros su parte de reclamo espectacular y, por lo tanto, el negocio. Antes de que entre unos y otros acaben desprestigiando, devaluando y, como consecuencia, extinguiendo un rito tan hermoso, esperemos que alguien consiga rodar una película que, de verdad, conduzca al espectador de la sala cinematográfica – y si es posible al del sillón frente al televisor – hasta esos impagables momentos de éxtasis que, de vez en cuando, vivimos desde nuestro asiento en el tendido de la plaza de toros.

Estoy seguro de que, si alguien lo consigue, le habrá hecho un favor inestimable no solo al cine y a la Fiesta Taurina, sino también a la misma historia.

 

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