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Descanso: visite nuestro bar

Por Antonio García-Rayo

(publicado en AGR 37 - Primavera 2008)

Hubo una vez un cine en España que comenzaba con el NO-DO, seguía con los tráilers y las filminas publicitarias a la carta, continuaba con la primera película, luego el descanso (el primero, porque a veces había dos, cuando se iba la luz o se gastaban antes de tiempo los carboncillos), descanso como digo en el que volvían a ponerse esas filminas publicitarias a la carta, proseguía con la segunda proyección de la noche hasta que, tres horas después, leíamos el Fin y con él, llegaba el término del programa doble con que solían organizarse los cines de aquella España bañada en imágenes de Hollywood o de folclorismo andaluz; de imágenes y también de voces -perfectamente definidas e identificadas-, que cuando llegaba el verano y las películas se exhibían en los cines a cielo raso, con la Via Láctea como techo de brillante luminaria, mandaban el eco de los sonidos de Gary Cooper o Silvana Mangano, las canciones de Antonio Molina o Joselito, o la música de Gerwyn y Manuel de Falla, a los pies de nuestros corazones encamados, voces tan diáfanas y seductoras, que ni siquiera los mosquitos de aquella época -gigantes prehistóricos que nos barrenaban sin piedad- eran impedimento para elevarse con ellas hasta todo tipo de historias que el sueño envolvía en fantasías delirantes.

Entonces muy pocos leían periódicos, y no había televisión. Solo el “parte”, que hablaba de lo de todos los días y nos dejaba más ignorantes y confusos de lo que ya estábamos. La publicidad se reducía a pocas cosas: estaba Colacao, Avecrem, la bicicleta BH, el jabón Heno de Pravia, colchón Flex... Publicidad que oíamos en Radio Madrid, Radio Intercontinental o leíamos en ABC, el Ya o en Pueblo (pero ya digo que se leía poco, ya que la mayoría de la gente no sabía leer ni escribir). Nos enterábamos de las películas siguientes que iban a estrenar por los programas de mano que repartían en los cines o por los trailers que proyectaban unas semanas antes en los mismos.

Cuando íbamos al cine sabíamos que empezaríamos viendo el NO-DO y que luego, después de los tráilers, mientras el operador preparaba la máquina con enormes y pesados rollos de 35 mm., y mientras colocaba los peligrosos carboncillos que, una vez encendidos, daban luz a la película cuando se deslizaba por la ventanita del objetivo, el exhibidor se ganaba unos dinerillos extras con la proyección de filminas en las que se anunciaban cosas que tenían alguna utilidad para los que veíamos las películas en aquellos años de penuria: (como los somieres Numancia, las gaseosas Aguilar, los receptores Radiodina…). También se proyectaban los avisos que la censura nacional o de la localidad obligaba poner al dueño del cine (como los bandos donde se notificaba que irían a la cárcel los que atentasen contra la moral pública; o el anuncio que prohibía fumar por orden gubernativa) y también aquellos otros que trataban de mantener el decoro o la higiene en la propia sala (como la abstención de comer pipas o de hacer ruido).

Evidentemente, la principal misión de estas filminas o diapositivas era la de anunciar las películas que proyectaría el cine en las sucesivas semanas. Las encargaban las distribuidoras a unas pocas empresas, situadas en Valencia (Dibujos y Clichés Flor), Cinesco (Palma de Mallorca) y Barcelona (Diapositivas Matas), especializadas en dibujar los anuncios y montarlos sobre unos clichés de membrana que el exhibidor contrataba al distribuidor o a la propia empresa que los fabricaba. Diapositivas Matas y Cinesco eran dos empresa con sedes diferentes, pero con socios comunes, que se dividían el territorio nacional por zonas. De hecho, Matas y Chinesco llevaban el mismo diseño y montaje, de tal manera que en la parte superior del marco de la diapositiva se colocaba la dirección y el teléfono de Matas, mientras que en la parte inferior iba la lámina de Chinesco. Lo habitual era que llegasen con el saco donde se enviaba la película y se devolviesen con él. El propietario del cine encargaba por su cuenta a estas empresas que le diseñaran anuncios genéricos relacionados, como ya dije, con la higiene y el decoro de la sala. Eran diapositivas que se mezclaban con los anuncios de las películas y que los que estábamos sentados en las butacas o en “gallinero” contemplábamos con recelo mientras comíamos esas pipas que nos prohibían.

Diapositivas Flor, Cinesco y Matas tenían a su propio equipo de dibujantes (entre una y tres personas; dependía de los picos de trabajo) quienes se encargaban de diseñar las creatividades que tras el visto bueno del distribuidor se fotografiaban en un cliché negativo que tras positivarse se montaban en unos marquitos de 8x7,5 cm. (los de Diapositivas Flor) y 9,5x8,5 cm. (los de Diapositivas Matas y Cinesco). Estos últimos se enviaban protegidos con cristales transparentes que alargaban la duración de la película interior, mientras que los primeros iban sin ninguna protección. El negocio de estas diapositivas publicitarias en los años en los que los españoles íbamos al cine cuatro o más veces por semana y teniendo en cuenta que la mayoría de los pueblos de España contaban con una o más salas, era excelente, y ambas empresas estuvieron diseñando y fabricando clichés prácticamente desde principios de los años cuarenta hasta muy entrado los años sesenta.

Desde el punto de vista creativo, las distribuidoras dejaban a los diseñadores que dibujasen y creasen con entera libertad, sobre todo tras comprobar que los primeros encargos que les habían hecho habían sido acertados y reflejaban una comunicación que el público entendía con facilidad. Como los cartelistas que hicieron los póster, guías y programas de mano en estos mismos años en que trabajan los diseñadores de diapositivas, utilizan para hacer sus trabajos creativos las fotografías y a veces (muy pocas) los pasquines internacionales que les enviaban las propias distribuidoras. De esta manera, todos los clichés publicitarios que se fabricaron en España durante las tres décadas de vida que alcanzó esta “propaganda publicitaria cinematográfica” (como se indica en la inscripción de Diapositivas Flor), son completamente diferentes a las imágenes que nos muestran los carteles, guías y programas de mano que servían, igualmente, para atraer a los españoles de aquellos años al cine. Hemos querido en esta edición de primavera de AGR mostrar algunos de estos ejemplos de publicidad interior que tanto influyeron en el éxito de las películas. Y lo hemos querido hacer transformando a AGR en un cine de aquellos años, de tal forma que cada uno de sus tres reportajes se conviertan en otras tantas películas. Y que el No-DO y los tráilers se conviertan en nuestra Galería y en las páginas que le preceden. No sería una sesión de programa doble, sino triple. Así pues, como si todavía tuviésemos que cambiar los chasis de las películas y colocar los carboncillos lumínicos, hemos distribuido por toda nuestra revista numerosas diapositivas originales de aquellos tiempos, con títulos de películas y anuncios gubernativos y empresariales. Empezamos con el anuncio que abría la serie de todos los demás: “Visite nuestro bar”. Y acabamos con el que nos recordaban si nos había dejado olvidado algo en la butaca. Piensen que están en un cine de su barrio o de su pueblo. Cierren los ojos y déjense llevar por esta propaganda tan sugestiva, tan cargada de recuerdos, llena de rostros que se han convertido en arquetipos de la vida moderna, paradigmas de deseos casi nunca completados. Están hechos por artistas que no solo lograron arrebatar al rostro de los protagonistas sus perfiles más puros e ideales, sino que lograron transmitirnos en unas planchas de color, atravesadas de ingeniosas tipografías, el entorno más profundo y fantástico de la película.

 

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