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Por las calles de Madrid

Javier Domingo, periodista y escritor

(Este artículo fue publicado en AGR nº 30, en verano de 2006)

Madrid es sin duda una ciudad singular; no se parece a ninguna de las otras capitales europeas. No es una ciudad monumental, con edificios grandiosos, más bien es algo chata. Si algo la caracteriza, son sus rincones tradicionales. Una ciudad cuyo patrimonio es en gran parte del siglo XIX. A comienzos de esa centuria los regidores se plantearon crear un Madrid con cierta prestancia cosmopolita, como el resto de sus hermanas europeas. Esto fue el origen de la construcción de la Gran Vía, uno de los ejes mas suntuosos de la ciudad. Una vía que tardo varias décadas en terminarse y que carece de una fisonomía homogénea y especifica.

Madrid se formo de una manera atípica. En la Edad Media adquirió cierta importancia como centro ganadero, con destacadas iglesias y conventos, de los que subsisten pocos ejemplos. El momento en el que la ciudad se erige como centro de un basto imperio en decadencia, sirvió para  configurar un trazado urbano de cierta importancia, dejando algunos vestigios de interés, como la Plaza Mayor, muy reformada en el siglo XIX. Durante el reinado de Carlos III se concibe por primera vez un plan urbanístico de la ciudad que todavía subsiste en su almendra central. El siglo XX traerá una concepción de tipo burgués, con inmuebles suntuosos, generalmente bancos y edificios públicos, construidos de una forma ecléctica y poco homogénea.

Madrid en blanco y negro

Una buena manera de recuperar la fisonomía de la ciudad es a través del cine, testigo de esas variaciones  en el pasado siglo. Bien es cierto que muchas de las imágenes que nos sirve el celuloide han sido falseadas, para dar una idea historicista de la misma, maquillando su imagen y, algunas veces, utilizando reconstrucciones de estudio que aportan muy poco a lo que aquí tratamos. Madrid no es Nueva York, ni Paris, ni Roma para poderla considerar como un plató cinematográfico de primer  orden. Pero es verdad que haber sido la capital del  Estado y la sede de buena parte de los estudios de filmación existentes en España, ha supuesto que se utilizaran  sus calles y plazas para rodar infinidad de exteriores.

El cine, como industria, en España nace en Madrid. Como película con argumento, la primera que consta, hasta el momento, que se rodara en la capital, fue Madrid en el año 2000 (1925), una curiosa cinta futurista en la que su realizador, Manuel Noriega, nos cuenta como era un imaginario Madrid, donde los barcos llegaban navegando por el Manzanares. Por otra parte podíamos ver escenas rodadas en los afamados Almacenes Madrid-Paris, luego trasformados en SEPU, así como irreconocibles exteriores  del Palacio de Oriente.

En 1922, Rafael Salvador vuelve a convertir la ciudad en un plató cinematográfico, con el rodaje de Las entrañas de Madrid, en la que se narran las andanzas de un muchacho que quiere ser torero. El mismo año, una película importante servirá apara inaugurar el Cine Callao, en la plaza del mismo nombre. Hablamos de Luís Candelas, el bandido de Madrid, de Armand Guerra. La película se rodó en gran parte en el barrio de Carabanchel, en el madrileño pueblo de Cienpozuelos  y en la sierra de Guadarrama. Por estos tiempos Fernando Delgado vuelve a darle protagonismo en un melodrama con prostituta y torero de postín. Se trata  de ¡Viva Madrid, que es mi pueblo! (1928), con Carmen Viance y el mismísimo torero de renombre Marcial Lalanda que puso dinero de su bolsillo para  producirla. Una de las películas que mejor retratan el Madrid de la época, fue Rosa de Madrid (1927), de Eusebio Fernández Ardavín. Son fantásticas las escenas en las que se recuperan  tramos de la Gran Vía, así como escenas en el Rastro o la ermita de San Antonio de la Florida y su entorno.

Después de la Guerra Civil, el director madrileñista y conocido dramaturgo, Edgar Neville, nos descubre un Madrid singular, magníficamente retratado, en películas como Frente de Madrid (1940), con magníficos exteriores del río Manzanares y de la Casa de Campo; o El marqués de Salamanca, donde utiliza dos viejos palacios de la ciudad  que todavía hoy subsisten: el de Fernán Núñez, propiedad de RENFE y el propio del Marqués, en el Paseo de Recoletos, transformado en sede de un banco.

La década de los cincuenta es la más interesante para la recuperación del Madrid perdido: el del Conde de Mayalde, antes de que comenzara la especulación salvaje de los sesenta y donde, por otra parte, se empezaban a edificar sus nuevos barrios del cinturón, que darían cobijo a los  recién incorporados madrileños que llegaban de otras provincias con la idea de trabajar en las industrias que surgían en la periferia y en los pueblos limítrofes. Si podemos destacar una película que de alguna manera sintetiza este fenómeno, la de los barrios periféricos y suburbiales, esa sería la que rueda Luis Lucia en 1952 con el título Cerca de la ciudad. El cura protagonista de la historia esta protagonizado por Adolfo Marsillach y el sacristán es José Isbert. El film esta lleno de localizaciones en barrios de la periferia, sin falsear la realidad del momento.  Lo mismo ocurre con la de José Antonio Nieves Conde, Surcos (1951), una película de culto en la actualidad que nadie entiende hoy cómo se le escapó a la censura de la  época la tremenda carga social que encerraba. Un Madrid nada tópico toma un protagonismo inusual en ella: Lavapiés, Ventas, Cuatro Caminos y barrios de la periferia están perfectamente retratados.

En una línea mas amable, José Maria Forqué, con la ayuda inestimable de la fotografía de Cecilio Paniagua, realiza un buen recorrido por Madrid en Un día perdido. Rodada en 1954, narra las vicisitudes de unas monjas que se encuentran a un niño abandonado en la estación de trenes de Mediodía. Sin duda una de las mejores localizaciones de exteriores de Madrid, sin concesiones, con junto a la que logra, 13 años después en Un millón en la basura, con tres inolvidables protagonistas: Julia Gutiérrez Caba, José Luis López Vázquez y Juanjo Menéndez (los dos últimos haciendo de basureros). Un año después y en otra línea, Arturo Ruiz Castillo rueda El guardián del paraíso, las andanzas de un sereno del viejo Madrid, protagonizado magistralmente por Fernando Fernán Gómez. El Madrid de Galdós y, sobre todo, la Plaza Mayor adquieren en esta película unas dimensiones especiales.

Madrid en Technicolor

A finales de los cincuenta comienzan a aparecer las películas de Technicolor que pretenden dar una imagen de un Madrid cosmopolita similar a otras ciudades europeas y americanas. Películas con una realidad falseada de ciudad moderna y dinámica, con buenas cafeterías, modernas viviendas llenas de electrodomésticos... El arquetipo de este cine es sin duda Las chicas de la Cruz Roja (Rafael J. Salvia, 1958), una comedia de amores, con cuatro chicas de lo más modernitas, pero decentes: Luz Márquez, Mabel Kar, Katia Loritz y Conchita Velasco. La película resulta un autentico publirreportaje de Madrid. Una larga escena de la Banda Municipal recorriendo mesas petitorias por sus calles más representativas, resulta uno de los documentos gráficos mas importantes de la capital.

Un año  después Fernando Palacios, consigue un nuevo éxito de taquilla con una comedia insulsa, pero con la presencia siempre glamorosa de Jorge Rigaud: El día de los enamorados. Aquí será la Plaza de España la que luce en máximo esplendor con sus flamantes rascacielos. Un Madrid menos estupendo lo descubrimos en películas como Mi tío Jacinto (1956), del director húngaro exiliado Ladislao Vajda,  que poco antes había logrado un éxito internacional con la película Marcelino, pan y vino (1954) y ahora repetía éxito, también con el niño actor Pablito Calvo. En esta nueva película encontramos buenos exteriores del Rastro y de distintas zonas del viejo Madrid. Carlos Saura, en una de sus primeras películas, Los golfos, de 1959, nos acerca de manera descarnada los suburbios de la ciudad, con realismo no habitual.

La Ciudad Universitaria, inaugurada  en los años cincuenta, después de los destrozos sufridos durante la Guerra Civil, será otro de los marcos elegidos por muchos directores para rodar sus historias. Facultad de Letras (1950), de Pío Ballesteros, utiliza varias de las facultades para contar sencillas secuencias de universitarios. Si la fuente de La Cibeles es el símbolo artístico y turístico de la capital, en esta década de los cincuenta existe una película, rodada por Rafael J. Salvia, que hizo de esta plaza y de esta fuente la protagonista, junto con Manolo Moran: se trata de Manolo guardia urbano (1956). Pasa la Tuna (1959), también de Lazaga, hace un recorrido estupendo por el Madrid nocturno, sus salas de fiesta, los barrios emergentes y la ciudad universitaria, y la presencia como protagonista del interprete José Luis y su guitarra, muy de moda en esta época.

La década de los  sesenta, lo mismo que el comienzo de los setenta, con la pequeña liberalización de la censura franquista, se distinguirá por la proliferación de películas de las llamadas del destape -con imágenes de un Madrid desarrollista-, muchas de las cuales la propondrán como escenario: desde la serie del tándem Masó-Lazaga, como las que servían de vehículo para el lucimiento de ciertos cantantes como Manolo Escobar, Raphael y el mismísimo Julio Iglesias. También es momento de las películas del insoportable y casposo cómico Paco Martínez Soria. Sin embargo, en la larga serie de películas de este actor, hay que destacar una escena antológica: los cinco minutos que preceden  a los créditos de La ciudad no es para mí (Pedro Lazaga, 1965). Igualmente son antológicas las escenas que aparecen en ese inolvidable Día tras día que Antonio del Amo rueda en 1951 o las que Juan Antonio Bardem nos muestra en Felices Pascuas (1954).

Otro director que tendrá muy en cuenta la ciudad, será Manolo Summers: recordemos las tiernas imágenes de la primera parte de Del rosa al amarillo (1963), un retrato único del Barrio de Salamanca, con los bulevares, hoy desaparecidos de Príncipe de Vergara. Nuestros “niños prodigio” sirvieron también para acercarnos a partes de la ciudad en sus edulcoradas películas: Joselito, por ejemplo, en Bello recuerdo (Antonio del Amo, 1961); Marisol, en su debut Ha llegado un ángel (Luis Lucia, 1961), que nos permite conocer el parque de “El Capricho” de la Alameda de Osuna, con su palacio en pleno funcionamiento; o Rocío Durcal, quien se moverá por el Madrid mas castizo. Sin olvidar a Ana Belén, en su primera película Zampo y yo (Luis Lucia, 1965), que se pasea por unos exteriores, algunos de ellos hoy irrecuperables.

Con la muerte del general Franco en noviembre de 1975,  cambiaran muchas cosas en el cine. La censura terminara por desaparecer y emergerán nuevos realizadores. Los directores clásicos de siempre, continuarán dándonos buenas secuencias de esa ciudad cinematográfica que sigue siendo Madrid. Seria injusto no hacer mención en este recorrido por Madrid en el cine, de un genio como Luis García Berlanga. Ya en su vieja filmografía nos había  descubierto rincones inéditos  de la ciudad en El verdugo (1963). En los setenta volvería a recuperarnos un Palacio de Linares, hoy Casa de América, en franca decadencia y a punto de fenecer, donde introduce a los personajes que retrata en la trilogía formada por La escopeta nacional (1977), Patrimonio nacional (1981), y Nacional III (1982), sin olvidar el precioso “viaje” que dos décadas antes nos propone, junto a Bardem, por la capital -en la película del debut de ambos- Esa pareja feliz (1951).

Llega el Madrid postmoderno

Entre los nuevos creadores, José Luis Garci, conseguirá escenas memorables de Madrid en sus películas Asignatura pendiente (1977) o Solos en la madrugada (1978), con una toma al final de la Gran Vía irrepetible. También en El crack (1981) la ciudad tiene un protagonismo incuestionable. Pedro Olea, en 1975, con Pim, Pam, Pum...¡Fuego! (1975), retrata el viejo Pasaje del Doré y la Estación de Atocha, antes de la transformación del omnipresente Rafael Moneo. También podemos ver en ella el tristemente desaparecido Teatro Martín. Mientras, un emergente Fernando Colomo, en 1978, da la primera visión postmoderna de la ciudad con ¿Que hace una chica como tú, en un sitio como este? (1978). Y Fernando Trueba, en Opera prima (1980), nos sitúa en un el centro de la ciudad, con una mirada ya en plena “movida”.

En los ochenta y noventa tendremos tres nombres que reseñar obligatoriamente: Pedro Almodóvar, Alejandro Amenábar y Álex de la Iglesia. Almodóvar, desde Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), ha sido un testigo inigualable de un Madrid en evolución continua: Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), Átame (1989) o Tacones lejanos (1991) son fiel reflejo de lo dicho. Hasta en su ultima película, Volver (2006), la ciudad es un referente, con localizaciones que van desde el cosmopolitismo mas singular de Madrid, hasta barrios periféricos, como Vallecas, Carabanchel o La Elipa. No menos importantes son los primeras films de Álex de la Iglesia, con escenas antológicas en luminosos de la Gran Vía, como en El día de la Bestia (1995), o las calles retratadas en Acción mutante (1992). Las dos primeras películas de Alejandro Amenábar (Tesis, 1996; Abre los ojos, 1997), contienen algunos de los encuadres más interesantes del nuevo Madrid y, una vez más, de la Ciudad Universitaria. 

Dadas las facilidades ofrecidas por el Ayuntamiento de la capital, cada vez son más las películas rodadas en Madrid. Hacer un resumen de las más importantes es algo exhaustivo y seria una simple relación de cintas sin más. Sin embargo es obligatorio destacar títulos como Deprisa, deprisa (1972), esa película testimonial del maestro Carlos Saura, en gran parte rodada en el barrio de Villaverde; Beltenebros (1994), de Pilar Miro que nos recupera el viejo y castizo Teatro Pavón antes de su rehabilitación; y la película de Basilio Martin Patino, encargada en 1986 por el Ayuntamiento de la capital, que se llamo, simplemente, Madrid, con momentos memorables en los que el verdadero protagonista de la película es la ciudad.

 

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