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Caras con ángel

Por Pedro Vidal Silva

(publicado en AGR 34)

 

Tal vez tenga razón Erich Fromm cuando, en “El arte de amar”, explica la adicción al tabaco por la fascinación visual que sentimos ante la variabilidad de las volutas del humo. Eraclitiana explicación que también sirve para el fuego de una chimenea o el fluir de un río. Es, así mismo, la base de los conciertos barrocos, esto es, las variaciones sobre un tema que, melódicamente, puede ser mínimo y de tan sólo tres notas, pero que crece indefinidamente al ir variando esta referencia melódica sobre el lecho de un “continuum”. Este mecanismo es en el que algunos han querido ver el fundamento de toda creatividad: un tema y sus variaciones. Teoría que, sin duda alguna, se cumple con creces en “Las Variaciones Goldberg” de Juan Sebastián Bach.

Tan larga introducción sirve de sustento al material que en esta ocasión nos concierne, y en el que creo que se encuentra una manifestación más del mismo principio general: tema y variaciones. Quizás sea también, por extensión, la madre de todas las adicciones. O quizás no, pero algo de cierto puede haber en el caso de las colecciones de cromos.

Walter Benjamin se interesó en 1937 por la naturaleza del coleccionismo, en su ensayo “Eduard Fusch: historia y coleccionismo”, manifestando una opinión relativamente negativa al plantear el fundamento del mismo como la traslación de la historia de la cultura a un patrimonio de bienes. Esta reflexión es también la base de la que ha partido la indagación posterior en los caracteres psicológicos del coleccionista y las motivaciones de esta adicción, estrechamente relacionada con comportamientos premórbidos próximos a la usura y la avaricia. Como contrapartida positiva establece, sin embargo, la alta sensibilidad de los coleccionistas, ligada a un “pathos” específico, y su relación con la memoria y la recuperación de la historia, como también la interpretación romántica del coleccionista en línea con las del viajante, el jugador y el virtuoso.

Los cromos han sido el inicio de muchas aficiones al coleccionismo, y los que presentamos aquí son absolutamente excepcionales por diversas razones. En primer lugar por el medio en el que aparecían, pues sirvieron de mecanismo de promoción a una marca alemana de cigarrillos durante los años 30, con lo que también por esto se unen los cromos a las volutas de humo del principio. En segundo lugar por su tema, al tratarse del referente cinematográfico que nos concita en cada número de esta revista. Y, finalmente, la naturaleza formal de la colección con una calidad exquisita, que si nos parece de lujo ahora más lo debió ser en el momento de su aparición.

La colección de cromos de actores famosos es un sustituto del fetichismo religioso de quien colecciona estampas de santos, que  protegen y sirven de modelo de virtud. El cromo funciona así como base para la beatificación de los actores, gente que está por encima de la mayoría de los mortales, y a ello contribuye tanto el templo donde se veneran (el álbum), como el marco aurático que sustituye a la corona tradicional de los santos en la iconografía religiosa.

Los cromos son pues, en este caso, uno de los soportes del “glamour” que Hollywood se inventó para dignificar a sus actores y lograr con ello una fidelización de las audiencias de sus películas, que seguían con fervor religioso una multitud de aficionados incondicionales de aquellos modélicos nuevos dioses del Olimpo.

Campo de estrellas

Los de la presente colección son retratos de actores y, sobre todo, de actrices realizados al pastel, posiblemente sobre fotografías, de manera que esta manipulación gráfica servía como base para su idealización, dándoles un aspecto de sobrenatural perfección propia del artificio del “glamour”, como en los retratos regios. Se trata de planos cortos, del busto, en todo tipo de posiciones, frontal, perfil y tres cuartos que es la que predomina. La gestualidad, como en el género pictórico del retrato, es una de las variables importantes, con manos expresivas y enfáticas, y caras mayoritariamente sonrientes, o gesto serio pero sin gravedad, en un amplio repertorio de manifestaciones en sus distintas variantes. Ojos, boca, postura facial y peinados como elementos significantes, con expresiones desde las más altamente implicativas a la manifestación de estados psicológicos moderados.

Podrían considerarse así un tratado de antropología del gesto “glamouroso” y bien educado, asimilable a los tratados de Eckman sobre los gestos incondicionados naturales y los culturalmente condicionados o aprendidos, impostados diríamos, como la mayoría de los que estos cromos muestran. O, en el otro extremo, un tratado de frenología francesa que tratarse de descubrir, a través de la morfología facial, la aviesidad o bonhomía del personaje retratado. Los fondos son neutros, de manera que propicien el suficiente contraste de la figura y no perturben su significación fundamental.

Porque el soporte principal de significado lo encontramos aquí en los lujosos marcos de cada uno de los cromos, que les dan el aspecto de una fotografía familiar con todo tipo de adornos, donde abundan los dorados, los troquelados, las estampaciones en seco, las orlas, y todos los recursos imaginables que hacen posible las más sofisticadas tecnologías de impresión. Todos los marcos son distintos (variaciones sobre un tema), contribuyendo así al encarecimiento de la colección y su manifestación lujosa, con muchos colores directos a parte de la cuatricromía; podemos estar hablando de una impresión a ocho o más colores, más las pasadas añadidas para los “recursos táctiles”, muy en línea con el estilo de edición que es propio de ésta lujosa revista, que utiliza todo tipo de papeles y tecnologías de impresión y estampación.

El marco como elemento significativo

Con planos tan cortos y bustos tan desprovistos, al prescindir de los atributos tradicionales del retrato pictórico, que según la iconología clásica (desde Ripa) dan significado al personaje, el elemento primordial de significación en estos cromos es el marco, de ahí su variedad y riqueza, pues si bien algunos personajes se muestran con tocados y alhajas, son elementos insuficientes para significarlos en cada caso, más aún cuando la carnalidad domina sobre esos mínimos atributos visibles.

Ortega y Gasset plantea una teoría del marco como significador fundamental de la pintura, pues es lo que separa la representación de la realidad. Pero en este caso el marco es el significante principal por otra razón. Es el que trasmite el auténtico significado de lujo y distinción que la imagen “glamourosa” necesita, separando a los actores representados  de la realidad vivencial de los coleccionistas de aquellos cromos en otro sentido, al establecer una separación social o de clase, o una jerarquización, en una expresión más sociológica. El mismo tipo de jerarquización que establecían, con otros elementos de significación, los “retratos de aparato” tradicionales de la monarquía y la aristocracia. En este sentido cada cromo se convierte en un lugar de proyección y de deseo para los coleccionistas, de posesión para ellos y de emulación para ellas. Así los actores y actrices  referenciados pasan de su papel, en una trama de ficción, a desempeñar un papel en la perpetuación del orden social.

El género del retrato

El retrato es el género que trata de mostrar las cualidades físicas o morales de las personas que aparecen en las imágenes. Lo fundamental ligado al retrato es el concepto de fama, la voluntad de pervivir en el tiempo, de perdurar en la memoria, de sobrevivir a una existencia limitada. El retrato adquiere así cierto valor de icono, de imagen atemporal del individuo. Como género surge con la muerte de Dios y la emergencia del sujeto, representado por su razón y su poder. En occidente es una representación del nuevo referente de la modernidad (desde el Renacimiento), frente a Dios que es el referente de la antigüedad.

El retrato fue básico en las alianzas matrimoniales de las monarquías europeas. En la postmodernidad, sin llegar a tanto, son la base de proyección de grandes sectores poblacionales, influidos por las distintas manifestaciones del retrato en los actuales medios de comunicación.

El retrato es el género que más claramente transmite una reflexión social, una mirada crítica sobre la época, sobre la historia y sus personajes. Los cromos de esta colección son un testimonio de la época a la que pertenecen, aunque se les haya suprimido en lo posible la escenografía, en aras quizá de una mayor implicación.

El género del retrato siempre ha sido el más mentiroso, el más falso y engañador. Trata de traspasar el aspecto individual del personaje concreto para convertirlo en símbolo de algo más, de su género, clase social, cultura, etc., y esta colección de cromos es una muestra fidedigna de ello.

La idealización o falseamiento de la realidad referencial (el modelo) ha sido el procedimiento habitual, en una secuencia diacrónica que iría desde el manierismo al “art decó” y, finalmente, a la foto “glamour” de Hollywood.

El retrato es uno de los géneros más codificados en cuanto a actitudes, gestos corporales y puntos de vista, con impostaciones aprendidas o educacionales para las clases altas (clase hegemónica) que la estrategia del “glamour” ha tratado de artificializar para los, a veces, desclasados personajes del cine, con el fin de significarlos de manera elitista y distinguida.

Una galería de virtudes táctiles

La cara es la manifestación más clara de la virtud. Según su interpretación tradicional, es el espejo del alma, y Hollywood siempre ha establecido caracteres éticos, tipificando a actores y actrices, incluso encasillándolos (bonita palabra: meter en una casilla como las del álbum de cromos, con su número de referencia), según la belleza o fealdad de las facciones, en una categorización que se remonta a los orígenes de las teorías axiológicas (teoría de los valores), donde Aristóteles ya identificaba belleza y bondad. Desde este punto de vista, las colecciones de cromos de artistas son algo más que una simple forma de coleccionismo, son casi un tratado ético.

Pero, además, volviendo a Benjamin, podemos decir que los coleccionistas son seres con instintos táctiles, como algo opuesto a lo óptico. Estos cromos muestran, mejor que otros ejemplos, debido a sus múltiples recursos de impresión en relieve, esa tactilidad a la que alude Benjamin en “La obra de arte en la era de su reproducción mecánica”. Frente a la visualidad de los museos, donde las cosas expuestas no pueden tocarse, la colección privada es para ser tocada, una y otra vez, con cuidado de no ensuciar o desgastar, pero la tactilidad es lo que las define, y más en estos cromos que seguro que, como todos los de su especie, se intercambiaban, amontonaban, pegaban y eran la base de multitud de juegos infantiles, u otros juegos privados y prohibidos de los adultos. Sin embargo, un álbum, como el que aquí les presentamos, convierte de nuevo la manualidad del cromo en algo óptico, como en un museo, pervirtiendo de algún modo la tactilidad de lo acumulado. Aún así, disfruten de ellos.

Es más, utilícenlo de forma singular porque un álbum de cromos siempre ha parecido una cámara de las maravillas, un lugar con imágenes exóticas y atrayentes que inducían, como los museos de ciencias naturales, a ciertos viajes físicos o mentales. En este sentido, los álbumes de cromos son lo más parecido a aquellas galerías de los primitivos coleccionistas, donde todo se mezclaba, donde no existía la rígida categorización de los actuales museos y colecciones. Entonces el único requisito era el exotismo del objeto, de manera que sirviese de lugar de proyección de todas las fantasías del visitante, como en el fondo ocurre con el cine, o con los cromos, como los de la magnífica colección que les regalamos, ya que observar es poseer en cierto modo aquello que se observa.

 

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