AGR
Coleccionistas de cine

Año 1. Número 2
España. Junio 1999

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Si los estudios cinematográficos guardasen los decorados y attrezzos que utilizan para filmar las películas, serían hoy tan visitados como los Museos Vaticanos o el Prado de Madrid. Los norteamericanos, con su sentido práctico de las cosas y su fino olfato por los negocios, han sabido sacar partido a la Historia de su Cine. El ejemplo de los Estudios Universal es evidente. La productora del mejor cine de terror hecho jamás, ha convertido su espacio en un museo donde el visitante puede reencontrarse con Frankenstein, King Kong o ET. Aquí, en Europa, el Arte de la Decoración de las películas es efímero. Por desgracia, el cine destruye su propia arquitectura. Sin embargo, algo queda a veces en sus recintos, además de la prueba palpable de las películas que se rodaron en sus platós o al aire libre. Quizá los estudios europeos con mejor perfume a celuloide sean los viejos estudios romanos de Cinecittá, fundados en tiempos de teléfonos blancos y cuchillos largos (1937). Mussolini quiso fabricar en ellos el cine más grandioso de aquella Europa de fascios y botas militares. Afortunadamente, los cineasta italianos primero y otros venidos de Hollywood después los convirtieron en un mosaico de ensueño y fascinación en los que se rodaron algunas de las películas más hermosas de la Historia del Cine. Hoy apenas queda nada en su interior que nos recuerde esa grandeza y belleza que emanaba de su vieja y gloriosa tradición artística. Sin embargo, amontonados por todos lados podemos contemplar aún vestigios de las arquitecturas de Quo Vadis, Ulises o Ben-Hur, o de las arquitecturas fabricadas para dar forma a los sueños de Fellini. Afortunadamente quedan las películas que se filmaron en ellos, cuyas imágenes reflejan el talento y el arte creativo de sus arquitectos y decoradores.



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